Heart matters

Photo by Vendula Lyachová

I am standing at the window in my bedroom, the room we used to share with Betty for more than twenty years. The Atomium, the Brussels re-discovered icon, is glistening in the morning sun outside the window. It is supposed to be the Eiffel tower of the town, just it is, of course, not. As cities are nowadays becoming open-air theatres, any object, statue, building can become an attraction point. With clever marketing, anything goes. Betty and I, we used to take our visitors there occasionally: buying tickets downstairs (I was always appalled by the senselessness and a waste of money), then a queue to the elevators, then being trapped in the huge atom pattern, visiting the spheres that had not much to display. A stunning view from above on all over the town. Only, I am afraid of heights. Afraid and attracted, as it goes. You could never jump out, the security precautions would not allow that, but still, the imagination is strong, the pull of the vast space, the calling of the naughty Wind Spirit laughing loud: “Do not worry. Jump, François, jump. Fly into eternity!” Continue reading

Posted in Atomium, Katarina, Life is simple | 1 Comment

No more pain

« No more… » Anne repeated. The pain shot through her body with an increasing intensity.

By her side, Oliver held her hand tightly, his eyes filling with tears. “Hang in there darling, we’re in the hospital now…you’re going to be ok”.

His voice weakened as he said these last words.
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L’Atomium ou le récit d’une passion

Tous les enfants rêvent de vivre dans les arbres. Chez moi, ce désir d’enfance a tourné à l’obsession. Quand j’ai vu la tour Eiffel sur une carte postale, j´ai compris que c’était ce qu’il me fallait. Un arbre métallique, géant, prêt à accueillir tous mes fantasmes. Hélas, il poussait loin de Bruxelles. Continue reading

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Quai de Hainaut. Molenbeek-Saint-Jean

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Art work by Enrique Cropper

Eran casi las diez de la noche cuando salí de la estación de Bruselas Midi camino del hotel. Todo el bullicio que me había encontrado por la mañana había desaparecido, tragado por un frio glacial que solo animaba a volver a casa. Yo también sentía que debía hacerlo y apreté el paso. Ahora que mi piso de Waterloo había dejado de ser mi hogar,  mi habitación del hotel, con la cama hecha y el cuarto de baño perfumado a limón, era un sucedáneo perfecto. Me paré en un restaurante McDonald’s que encontré abierto para comprar una enorme hamburguesa y sus correspondientes patatas fritas. El jamón serrano que había salvado de mi frigorífico tendría que esperar hasta mañana, porque no tenía pan para acompañarlo. El olor a grasa frita que se escapaba de la bolsa de papel no consiguió afectar el placer anticipado de cenar sentado en la cama y ver cualquier tontería en  la televisión.  Me sentía ridículamente liviano mientras andaba contra el viento, casi a punto de volar, tras haberme deshecho para siempre de aquel montón de cosas cargadas de malos recuerdos. También sentía revolverse en mi pecho una gran satisfacción a costa de mi oscuro visitante, cuyo rastrero ejercicio de posesión había resultado en mi completa liberación. Continue reading

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Bulevar del Censo (3)

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Art work by Enrique Cropper

La llave giró, liberando el mecanismo de la cerradura con el sonido  habitual. Empujé la puerta con la mano y tecleé el código de desconexión de la alarma desde el dintel. Un aroma familiar me llegó a la nariz, un poco rancio por la falta de ventilación. La luz que se dispersaba a través de las cortinas cerradas me permitía ver el pasillo sin necesidad de entrar. Nada parecía fuera de su lugar. La consola a la izquierda del recibidor y el perchero enfrente, estaban donde siempre habían estado. Todas las puertas estaban abiertas pero no recordaba si las había dejado así. Sin embargo, cuando miré al suelo, comprendí que Madame Dubois no se había equivocado sobre los ruidos nocturnos del miércoles pasado. El bol metálico de Buddy  estaba colocado al lado de la consola y no junto al perchero, su lugar habitual. Había estado allí desde que se marchó junto a Carlota y nunca me había decidido a tirarlo, aunque ya no sirviera para nada. Continue reading

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