Mal, bastante mal, fatal

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(por Mar Pastor)

He dormido mal, bastante mal, fatal.

Es curioso. Cada noche que me acuesto con la perspectiva de madrugar, me ataca una desconfianza desmesurada hacia mí misma que se traduce en un insomnio de “vuelta y vuelta”, con el que me rebozo bajo las sábanas, preocupada, como si alguna vez me hubiera dormido y no hubiese llegado a tiempo para cubrir una conferencia.

Sí, soy periodista. En prácticas eternas, para ser más exacta. Y no sólo eso. En mi esquizofrenia profesional, también he sido community manager, organizadora de eventos, animadora sociocultural, teleoperadora, administrativa, vendedora de colchones, baby sitter, camarera, mucama, asistente diplomática; y, “dentro del mundo audiovisual”, fotógrafa, locutora de radio, editora, cámara, ayudante de dirección, directora de arte, guionista… Vamos, que lo mismo cuido un bebé, animo una comunión, acompaño a un ministro o te escribo una película.

Ah, bueno, ahora además soy profesora particular de español.

Porque no vivo en España: he pasado de la precariedad de una vida sin lujos bajo el sol español a la precariedad de una vida sin lujos bajo la nube belga.

Bruselas, sí, a Bruselas vine a parar. No sé por cuánto tiempo. Ahora busco trabajo que no sea de becaria y, con mi nivel B1 de francés, pues puedo aspirar a poco (o aspirar mucho si decido aceptar el puesto de limpiadora de moquetas).

Pero volvamos a mi cama. Y no me odiéis por el chiste de la moqueta, que ya os he dicho que he dormido mal, bastante mal, fatal. Y como siempre, para conseguir despertarme puntual y poner un pie en la ducha -totalmente empanada después de tanta vuelta- a la hora dramática de las siete de la mañana. ¡Con lo bohemia que yo he sido!

Un café y salgo deprisa dispuesta a pasar 45 minutos en el trasporte público, 30 en tram y 15 en metro después del transbordo. Mi barrio está casi en las afueras y llegar a cualquier sitio me cuesta entre 30 y 50 minutos. Pero no importa: amo Bruselas.

Y la odio. Una de las razones de mi antipatía ambivalente es que Bruselas se divierte engañando a la gente con su clima. Así se demuestra que el ser humano es ingenuo por naturaleza. La cosa es que, en primavera, es capaz de darte 23 grados que te cocinan por la rue y, al día siguiente, congelarte a 3, incluso a 1. Nadie desconfía y desentierra la bufanda el segundo día, formando parte de una muestra humana de indiscutible ingenuidad recalcitrante.

Así voy yo hacia el club de prensa: congelada. Otra vez dando todas las vueltas posibles –a mi ingenuidad y, de paso- a un foulard que cogí por casualidad. Mientras admiro la gélida fealdad del paisaje de las instituciones europeas, me subo la cremallera de mi chaqueta casi hasta la coronilla, lo que no impide que se escape un pensamiento molesto justo antes de llegar.

“En el club de prensa todos aparentan tener mucha pasta”. Sí. Los que trabajan allí, los ponentes, incluso los periodistas… Exceptuándome a mí, claro, que hago lo que puedo con la ropa (de traje) que traje de España. Es más, los zapatos que calzo hoy me costaron 10 euros en una cadena de tiendas barata que se llama Wibra. Los chinos a lo bruselense, vamos. Los compré porque necesitaba cambiar mis botas uno de esos días en los que Bruselas te la juega con diez grados de más. Recuerdo que los vendían junto a unas toallitas húmedas para el wc (por no decir culo) que valían un euro. Pero nada puedo hacer a dos pasos de la puerta de entrada.

Salvo entrar. Y toparme de lleno con una mujer elegante que espera en el hall, ataviada con un conjunto verde oliva y unos pendientes de oro que me hacen entornar los ojos al mirarlos de frente. No sé si es periodista, trabajadora o ponente, pero me mira de arriba abajo deteniéndose dos segundos más de la cuenta en mi calzado. ¿Tanto se nota que son zapatos baratos? ¿O acaso compraría ella el papel húmedo y los vería al lado?

Decido en pocos segundos que no puedo invertir la mitad de mi sueldo en evitar miradas ajenas y me dirijo a la recepción para identificarme y recoger información acerca de la conferencia. Después, voy directa a la cocina tras seguir la indicación de un cartel con una flecha bajo el rótulo “COFFE, TEA”. Es muy pronto para ponerse tímida y rechazar una buena dosis de cafeína. Aquí me encuentro con un hombre alto que rondará los 50, trajeado, al que acaban de servir un “coffe, tea”. “Bonjour”, le saludo, y él me responde tan bajito que no sé en qué idioma lo ha hecho.

Pido un café y la secretaria, también muy fresa, me lo pone como si lo que más le gustara hacer en el mundo fuera servir cafés a becarias españolas. Merci. Lo llevo a la sala de conferencias y me pongo muy contenta al comprobar que tienen preparada una mesa con zumos, croissants y bollos rellenos de chocolate de una panadería-franquicia pija, a juzgar por las servilletas. Mi objetivo es probarlo todo, con disimulo, claro.

Pero no soy la única. Allí, el que más y el que menos -más rico o menos pudiente-, coge uno o dos bollos y disfruta de un café gratis antes de sentarse. Los estómagos a primera hora de la mañana no entienden de apariencias. De hecho, estoy segura de que muchos de los opulentos asistentes han preferido esperar a desayunar de balde antes que pagar en un bar. “La pela, es la pela”, como dicen los catalanes.

Me fijo en un… ¿periodista? que no está mal. Observar a los demás es mi técnica preferida de relajación cuando estoy incómoda. Él, mientras come, hojea la documentación que nos han dado al entrar. Luego hace algo peculiar: recoge todas las migas de croissant formando una pequeña montaña de color marrón claro sobre su servilleta y se la acerca a la boca para tragárselas todas de una. Inmaculado, sí señor. O maniático. Se gira para ver si alguien le ha visto y yo bajo la mirada hacia la documentación con semblante concentrado.

Cuando termino de comer dos croissants y un bollo (y atender a una chica que ha dado su tarjeta a toda la sala en una demostración de lo que los belgas llaman networking), decido ir a hacer mi trabajo y me siento en una de las primeras filas, frente a la tarima. Una vez allí, examino el cartel publicitario del press briefing: niños palestinos sonrientes suben sus brazos, como a la espera de recibir algo del cielo. La foto está tomada desde arriba, en picado.

Me siento mal, bastante mal, fatal.

Me siento mal por haber estado quejándome toda la semana por tener que levantarme temprano. Me siento bastante mal por haber comido tres bollos. Me siento fatal por formar parte de un mundo que controla, y de esa forma asesina, a los habitantes de las zonas más desfavorecidas de la tierra. Para calmar un poco la desazón, dirijo la vista hacia las personas que van tomando asiento. Una chica rubia con gafas de pasta se instala a mi lado. Lleva una palestina como foulard.

La conferencia de prensa comienza y me doy cuenta de que el director de operaciones de Naciones Unidas en Gaza es el hombre trajeado que saludé cuando solo pensaba en meterme cafeína. Al llevar a cabo su exposición, me mira casi todo el tiempo. Creo que es por mi expresión de “me parece muy interesante” que, por deferencia, pongo cuando alguien expone en público. Me parece admirable dado mi pánico a hablar a grupos de más de 5 personas.

Eso, o puede que me quedara algo de chocolate en la cara del último bollo que comí.

 

 

 

 

 

 

 

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