Olmo

Se llamaba Olmo, como el árbol, pero tenía el pelo rojo, como la tierra con la que horneaban los ladrillos. La madre había insistido en ese nombre con el último suspiro, quizá como una confesión encubierta de que no eran –ni él ni su mellizo- hijos del padre, sino de un hombre de mirada airada y pelo color de fuego que había pasado por el pueblo poco tiempo antes y con quien la habían visto más de una vez –decían las malas lenguas- cerca del lago, bajo los olmos.

Photo by Jonathan Eden-Drummond

Aunque quién sabe… Su hermano, que nació primero y a quien pusieron Pietro, como el marido de la madre, era moreno, como casi toda la rama paterna.

Olmo había venido rezagado, se había asomado a la vida muchas horas más tarde, cuando ya no se esperaba que del vientre exhausto fuera expulsada más que la placenta. La madre alcanzó a besar la cabecita húmeda y despeinada, y expiró sonriente, con el niño en brazos.

Era cosa corriente en aquella época, y más aún en esas aldeas perdidas en la montaña, que las mujeres murieran en el parto y nadie veía mal que un viudo contrajera segundas nupcias a la brevedad. Tanto más cuanto se esperaba que la nueva esposa se ocupara de los huérfanos.

Cuando los mellizos no tenían siquiera un año y el duelo había acallado –al menos en la superficie- las maledicencias en torno a su paternidad, Pietro se casó con una joven enérgica, oriunda del mismo pueblo en que vivían, que adoptó y cuidó a los niños como si fueran propios.

En los años que siguieron, Pietro y Ana, que así se llamaba la joven, tuvieron una docena más de hijos, uno de los cuales llegó a ser un gobernante muy apreciado en un país que queda del otro lado del mar. En qué medida la niñez del estadista fue marcada por lo que aquí se cuenta, es una pregunta que permanece en suspenso, abierta ante los ojos del lector, sin que nadie haya podido nunca indagar en los sentimientos de aquel hombre con respecto a este episodio.

Pero sigamos con la historia.

De los mellizos, la madrastra prefería a Pietro que, como ella, tenía los pies en la tierra y hacía lo que le mandaban. Olmo era todo lo contrario. Apenas se daba vuelta, se le escapaba. Se trepaba a los árboles o al techo. Se escondía bajo las camas o en los armarios. A veces incluso se iba hasta el lago o escalaba la montaña. No había semana en que no tuvieran que pasarse, al menos una tarde, buscándolo y, cada vez que hartos o resignados finalmente se rendían, veían emerger del agua o entre los arbustos o de los cachivaches que guardaban en la pieza del fondo, la revuelta cabeza roja de Olmo, seguida de cerca por el cuerpo ágil y delgado.

Si a los hermanos pequeños les hacían gracia estas búsquedas, no se la hacían ni al padre ni a Ana, que terminaba por enfadarse y castigarlo. “Hoy te quedas sin comer,” lo amenazaba y el niño la miraba con esos grandes ojos soñadores que había heredado de su madre y no se inmutaba. “Está bien,” aceptaba. E iba a sentarse sobre una piedra junto al lago y se quedaba un rato con la mirada posada en una región imprecisa del aire, con tal concentración que parecía que estuviera grabando en su memoria todo lo que veía.

A Ana la desarmaba. Las mismas razones por las que habría querido matarlo eran las que de él la fascinaban. Y no solo a ella. Olmo era de una belleza salvaje. Por un lado, parecía estar siempre lejos, en algún sitio remoto. Por el otro, era el centro de todo lo que pasaba. Emanaba de su figura un aura de la que él era apenas consciente y que ejercía una especie de sortilegio sobre los que lo rodeaban.

Cuando, de su piedra en el lago, regresaba a la casa, prometía que ya nunca volvería a escaparse. Lo decía con honestidad, con el firme propósito de enmendarse. Pero era más fuerte que él. Ni bien habían transcurrido uno o dos días, lo olvidaba y ahí estaba, de nuevo, toda la familia buscándolo y él, espiándolos, desde su escondite impensable, riéndose por lo bajo de su travesura, disfrutando de ver transcurrir la vida sin él por un rato. Como si esa libertad de aparecer y desaparecer a su antojo fuera lo más valioso que tenía, una libertad más grande que todo el aire que cabía en su pecho.

El día en que los mellizos cumplieron diez años, la familia dio una fiesta para celebrarlo e hicieron venir al único fotógrafo de los alrededores para que inmortalizara la ocasión. El hombre les pidió que posaran bajo el olmo del patio: los agasajados de pie en el centro, enmarcados por los padres y rodeados por los hermanos menores.

El gobernante conservaba esa foto. Recuerdo haberla visto en su casa una vez, cuando él ya había muerto. Olmo, bastante más alto que Pietro, le ha pasado un brazo sobre los hombros y sonríe a la cámara. Pietro, el cabello corto aplastado con agua, parece incómodo en su ropa de fiesta. Olmo, en cambio, se ha quitado la chaqueta, los tablones de la camisa se han salido de debajo del pantalón y tiene el pelo parado, como si hubiera estado nadando en el lago y se le hubiera secado con el aire sin pasarse un peine. La niña que yo era se quedó fascinada mirándolo. El fotógrafo había sabido captar en la postura y el brillo en los ojos un carisma que persistía a pesar de los casi ochenta años transcurridos. Alguien me había dicho que el bebé que Ana tenía en brazos en la foto, era el gobernante. Pero se equivocaba, ya que no había nacido por aquel entonces. De cualquier modo, yo casi ni le presté atención. No podía dejar de mirar a Olmo. Aunque nadie me hubiera contado todavía su historia.

Al parecer, sucedió unos días después de esa foto. Es curioso porque, ahora que se superponen en mi memoria la imagen y el relato, tengo la impresión de haber visto signos anticipatorios en un rayo oblicuo que pasaba a través de unas hojas del árbol y le daba en la melena desordenada y la frente. Pero ya se sabe que quien se entera de algo, no puede, aunque quiera, volver al estado previo de ignorancia y lo aprendido tiñe, de manera indeleble, las viejas historias, reinterpretándolas.

El hecho es que una siesta de agosto en que el pueblo estaba adormecido por el calor, y pese a las reiteradas promesas hechas al padre y la madrastra, Olmo volvió a escaparse. Se deslizó como una lagartija, o como un zorro, por la puerta del dormitorio y se fue.

Cuando los adultos y los niños se levantaron de la siesta y vieron que, una vez más, Olmo no estaba, los hermanos menores se dispusieron a buscarlo con ánimo festivo, pero a Ana le dio tanta rabia que no quiso hacer el más mínimo esfuerzo. El resto de su vida habría de culpabilizarse por eso. Como si el hecho de que no hubiera salido en su busca, justamente ella, principal blanco de las provocaciones de Olmo, hubiera sido determinante para lo que pasó después.

O lo que no pasó, más bien. Cuando, cansados o resignados, padre y hermanos finalmente se rindieron aquella tarde, no vieron, por mucho que esperaron, la cabeza roja surgir entre las ramas o detrás de un muro o una puerta.

Lo primero que pensaron fue que esta vez Olmo había cambiado las reglas del juego y no aparecería hasta que no lo encontraran realmente, de modo que redoblaron astucia y brío. Pero se puso el sol detrás de un cerro y Olmo aún no había vuelto. En silencio, comieron un bocado en torno a la mesa. Los pequeños, exhaustos, cabeceaban en las sillas, así que los llevaron a la cama, pero ni el padre ni Ana se acostaron. Con antorchas anduvieron por los alrededores y más lejos, por los bosques y en las orillas del lago, llamándolo. La mañana los encontró sin fuerzas pero sin la más mínima intención de renunciar. Lo buscaron, sin escatimar esfuerzos, familiares y vecinos, durante días y semanas, mañana, tarde y noche. Alguien dijo que se lo habían llevado los gitanos y ésa fue la versión que retuvieron los descendientes, la misma que yo oí de niña en casa del gobernante. Pero también es verdad que en ninguna parte se menciona el paso de zíngaros por esa región en aquellos años.

Ana nunca se perdonó su desaparición y años después lo seguía esperando. La espera se había convertido en el centro en torno al cual todo lo demás transcurría. No podía resignarse a que se hubiera esfumado, a que no hubiera explicación para la pérdida. En cada muchachito que se cruzaba en su camino, creía reconocerlo. Escrutaba en cada rostro rasgos o gestos que, sin que ella se diera cuenta, el tiempo había ido borrando de su memoria.

Unos cinco o seis años después de lo sucedido, las circunstancias obligaron a emigrar a la familia. Es probable que el gobernante, que era el menor de los hermanos, haya sido concebido en la larga travesía que los llevó, primero, de las montañas al mar y luego, en barco, al lejano país en que nació. El mismo en que nací yo también.

El nuevo paisaje, más árido, con vegetación rala y sin olmos, quizás haya contribuido al olvido y a que dejaran de hablar del niño desaparecido. Pero el gobernante recordaba que su madre había insistido, pese a las protestas del padre, en plantar un olmo en medio del patio y lo cuidaba como si fuera la niña de sus ojos. Con el correr del tiempo, él estudiaría a su sombra sin sospechar siquiera que desde sus ramas lo espiaba el de la mirada brillante.

Dicen que, guiado por un sueño, el gobernante volvió una vez a aquel pueblo en las montañas. Volvió (y no “fue”) ya que, a pesar de que nunca antes hubiera ido, conocía aquel lugar como la palma de su mano. Preguntando, logró que finalmente alguien le contara lo que él consideró la conclusión de la historia.

Parece ser que un día había aparecido por el pueblo un hombre de pelo color de fuego, muy parecido a aquel otro, decían los más viejos, que habría enamorado hacía años a la madre de los mellizos. Pero, a diferencia del primero, éste tenía la mirada soñadora y una expresión de dulzura en la cara fuera de lo común. Alguien lo había seguido y así había descubierto que vivía en los árboles, de los que solo bajaba en contadas ocasiones, y que tal vez había tenido con una damisela un hijo que moraba ahora en el pueblo pero que algún día se iría a buscar a su padre en los olmos.

Basado en una historia que se contaba en la familia de Arturo U. Illia.

Dulce

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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