Dulce

Dulce’s stories

De Buenos Aires, la ciudad donde nací, decía Borges: “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Y es que los porteños tenemos con nuestra urbe una relación apasionada, hecha de declaraciones y desplantes, de sublimes éxtasis y odios acendrados.

En el extremo opuesto de la gama de sentimientos que puede unir a una persona con el lugar que habita, se encuentra Bruselas, ciudad donde he vivido ya más años de los que pasé en Buenos Aires. Morosa y taciturna, su esencia aún se conserva en esos cafecitos del centro, metidos en los huecos más inesperados, donde viene a atendernos un parsimonioso camarero que en su actitud correcta pero displicente parece querer decirnos que tiene cosas mucho más importantes que hacer que estar ahí ocupándose de clientes.

A diferencia del porteño, de índole pendenciera e irónica, que sacará palabras afiladas para defender la ciudad de su pasión, el bruselense dejará decir, dejará correr el flujo agresivo del forastero que pueda ofender a su urbe, con indiferencia, convencido en su fuero interno de que solo él tiene razón y que qué importa lo que piensen los otros.  La ciudad del cielo tan bajo que hay que perdonárselo, cría seres ensimismados que se refugian en interiores y casi no miran a su alrededor. Por eso, se ha ido poblando en capas sucesivas, a lo largo de las décadas y los siglos, de gentes de los más diversos horizontes que pululan en sus calles y crean o recrean los mundos que traen consigo, sin que nadie los vea.

Mientras que el habitante de Buenos Aires se deja maltratar y hasta devorar por la tentacular megalópolis que siente suya, el de Bruselas guarda una prudente distancia con todo lo que lo rodea que, al fin y al cabo, ni es suyo ni le preocupa. El porteño siempre está apurado y se explaya en cualquier ocasión, con satisfacción neurótica, de los muchos males políticos y económicos que lo aquejan. El bruselense, en cambio, que suele arrastrar los pies cuando va de un lugar a otro, casi nunca dice lo que piensa. No porque no crea que es importante, sino porque en el fondo cultiva una desconfianza crónica contra todo interlocutor.

Yo, que soy de Buenos Aires pero también de aquí, porque aquí me he hecho adulta y han nacido mis hijos, he ido tejiendo con Bruselas una trama de las más diversas materias, desde cordones de seda hasta alambre de púa, desde hilachas sueltas llevadas por el viento hasta fuertes cabos que pueden desafiar tormentas. A ambas ciudades pertenezco, como fantasma o habitante, porque he andado sus calles, me he nutrido de sus jugos y empapado de sus lluvias, finas o torrenciales. Lo que escribo viene de una u otra o, mejor, de la peculiar mistura de las dos que ha sido mi vida hasta ahora.

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