Quince minutos

 

 

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La puerta se abrió diligentemente cuando pasó la tarjeta por la ranura y empujó el carro de limpieza dentro de la habitación.  Tras una mirada rápida confirmó, como era habitual, que no había demasiado desorden. Este huésped no dejaba su ropa tirada, apretaba los embalajes de sus comidas prefabricadas en la papelera y dejaba el edredón doblado a los pies de la cama. Se puso al trabajo inmediatamente tras mirar el reloj para cronometrar los quince minutos que necesitaba. Había elaborado una técnica muy eficiente que empezaba por hacer la cama y frotar un trapo húmedo por todas las superficies. A continuación pasaba la aspiradora, limpiaba el cuarto de baño, reponía el frasco jabón líquido y finalmente colgaba las toallas limpias.

Estaba sudando cuando terminó y su reloj le decía que aún le quedaban cuatro minutos para cumplir con su tiempo, justo lo que quería. Se acercó al escritorio tras quitarse los guantes de goma y abrió lentamente uno de los cajones. Siempre tenía dudas y se preguntaba si el cuaderno de tapas negras estaría allí o si el huésped se lo había llevado al salir. Eso hubiera sido lo normal, porque ese hombre escribía en esas páginas lo que jamás había contado a nadie. Obviamente no querría que ojos extraños recorrieran sus confesiones, pero el cuaderno siempre estaba ahí, en ese cajón. Ella lo descubrió por casualidad, cuando limpió la habitación por primera vez. El cajón estaba entreabierto y quiso saber qué había dentro. Los huéspedes suelen guardar cosas aburridas, como ropa interior, calcetines o paquetes de preservativos, pero no un cuaderno de tapas negras. Evidentemente aquel huésped era diferente de todos los demás. No solo había pagado por adelantado y en efectivo un mes de estancia sin apenas tener equipaje, sino que  también pasaba mucho tiempo en la habitación. Los rumores sobre él se extendieron rápidamente entre el personal del hotel.

– Pues a saber por qué se encierra aquí. Seguro que se está escapando de su mujer – dijo Marie-Claire mientras se cambiaban en el vestuario.

Ella no contestó a su compañera de turno, aunque hubiera podido contribuir al cotilleo como responsable de la limpieza de esa habitación en particular. Podría contar que el hombre  pasaba mucho tiempo escribiendo en un cuaderno de tapas negras que guardaba en un cajón del escritorio. Ella lo sabía con certeza, porque desde hacía días leía lo que ese hombre escribía. No recordaba ninguna razón concreta por la qué empezó a hacerlo, excepto sentir, absurdamente, que el cuaderno se lo pedía. Una voz dentro de su cabeza requería su atención con obstinación, desde el momento en que descubrió esa existencia oculta en un cajón. No despertaba solo su curiosidad, sino algo más profundo que no conseguía determinar y que se le escapaba igual que la niebla de su memoria muerta. Al principio se resistió por vergüenza, hasta que se dio cuenta de que esa voz no iba a dejarla tranquila en su vacío amnésico.  La necesidad de leer se convirtió en una ansiedad intensa que solo se calmó cuando un día, al terminar de limpiar, abrió el cajón y sacó el cuaderno.

Desde entonces organizó su trabajo de limpieza meticulosamente para poder sisar unos minutos de los quince reglamentarios y escudriñar los textos escritos por aquel desconocido. La lectura del cuaderno conllevaba espiarle para saber cuándo se marchaba y la habitación se quedaba vacía.  A veces permanecía en el hotel cuando no era su turno para poder acceder a la habitación a escondidas, como una ladrona, porque el huésped salía poco y a menudo por las noches. Cuando finalmente conseguía abrir el cuaderno, una emoción extraña la invadía mientras leía las páginas manuscritas. Marie-Claire tenía razón cuando decía que el huésped se escondía de su mujer. La amargura dolorosa de un divorcio se adivinaba entre las líneas, pero también el rechazo a algo mucho más importante, como si toda una vida bien planeada y exitosa hubiera perdido cualquier relevancia en el momento presente. El cuaderno no explicaba las razones concretas que habían llevado al hombre a vivir en un discreto hotel de estación, pero quizás llegaría a descubrirlas algún día. Ahora, lo único que importaba era esa vida que el huésped descargaba en el cuaderno. Ella se había colocado, casi sin darse cuenta, en el centro de todas las historias. Caminaba junto al huésped desconocido, Carlota, Nina, Cees, Rodrigo y todos los demás, adivinaba sus deseos, sentía sus miedos, sus odios y sus amores, reía con ellos y también lloraba con ellos. Aprendió a conocerlos y a amarlos, se apropió de ellos para digerirlos como una medusa y alojarlos en el desierto de su memoria, que los aceptó avariciosamente como un magnífico regalo.

Aquella nada empezó una mañana, hacía nueve meses, cuando se despertó  envuelta en vendas y escayolas. Su mente parecía estar llena de las mismas vendas que la cubrían pero inmediatamente comprendió algo. Su memoria había desaparecido. No recordaba nada, no sabía dónde estaba, ni siquiera cómo se llamaba. Todo empezaba en aquella habitación de hospital, donde médicos y enfermeras se afanaron día y noche para recomponer su cuerpo roto. Su  mente, lejos de la curación, no era más que un lienzo en blanco con retazos de color que no conseguía comprender. Podía hablar con los médicos y los fisioterapeutas, usar el cuchillo y el tenedor para comer, sabía lo que eran un avión, un coche y una autopista. También dónde estaban Europa y Sudamérica y quien era el presidente de los Estados Unidos. Pero no sabía quién era la desconocida que la miraba desde el espejo del cuarto de baño. Tendría unos treinta años, el pelo corto y rizado, los ojos castaños y medía un metro setenta. No sabía si tenía marido, hijos, padres o hermanos. No sabía cómo vestirla ni cómo alimentarla. No sabía si podría vivir dentro de ella sin  volverse loca.

Un hombre vino a verla una mañana, cuando llevaba tres meses en el hospital. Era alto y llevaba puesto un uniforme de camuflaje y botas de combate. La saludó sin presentarse y le tendió un sobre grande que ella recogió con manos temblorosas.

-Estamos en Argentina, en Buenos Aires de hecho. Te ha ocurrido algo, pero no puedo decirte qué. Todos piensan que estás muerta y es mejor que sea así. No es seguro que te quedes aquí, por lo que tendrás que irte cuando te recuperes del todo. Bruselas es tu ciudad de destino. Te será fácil perderte allí, entre todos esos extranjeros – le dijo con frialdad.

El sobre contenía un fajo de tres mil euros, las tarjetas de embarque para un vuelo de ida a Bruselas vía Frankfort, un pasaporte estadounidense a nombre de Adriana Cortázar de Steinbeck y una hoja de papel con una dirección en Bruselas. Las palabras “hotel” y “trabajo” estaban escritas en mayúsculas y subrayadas junto a esa dirección. Dos días después, el mismo hombre vino a recogerla y la llevó al aeropuerto junto a una maleta llena de ropa sin estrenar. No la dejó  hasta que embarcó en el avión.

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Miró el reloj y se dio cuenta de que los quince minutos de su tiempo estaban a punto de cumplirse. Debía marcharse y seguir con su trabajo,  continuar limpiando las habitaciones del hotel y controlar el marasmo de sábanas sucias y frascos de jabón líquido. Sacó el carro al pasillo y cerró la puerta cuidadosamente tras de sí. En ese momento sintió que volvía a ser la persona que llegó a Bruselas hacía seis meses, sin otra compañía que la de una maleta con ropa que no le pertenecía. La vida del huésped era suya cuando la leía en el cuaderno, pero se quedaba en el cajón cuando ella se marchaba. Pero esta vez había hecho algo diferente. No estaba segura de la razón por la cual había  dejado el cuaderno abierto sobre la mesa.  Quizás sería bueno para el desconocido saber que alguien leía sus escritos y amaba lo que él descartaba como una inútil piel de naranja. Esa vida perdida no era tal, porque ella la había encontrado. No tenía nada que ofrecerle a cambio, excepto un agradecimiento inmenso por permitirle ser algo más que la triste portadora de una maleta llena de ropa sin estrenar.

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La rue Mafalda

« Non, mais c’est très simple, tu ne peux pas te tromper. Tu vois la Grand-Place ? Eh bien, tu prends simplement la rue qui part de la Grand-Place, puis c’est la deuxième à droite ; là tu as une petite place et c’est juste à gauche. Nous serons tous là-bas. »

La description semblait très claire, pas moyen de se tromper. Et puis, pour Luka, les jeux de piste, ça lui rappelait de bons souvenirs d’enfance.

Ce soir-là, tout commence comme sur des roulettes, il est parfaitement à l’heure et même un peu en avance. Ce dîner au restaurant sera surtout l’occasion de faire bonne impression auprès de ses nouveaux collègues. Et oui, c’est toujours un peu délicat d’être le nouvel engagé au sein d’un groupe, on se sent toujours potentiellement jugé, voire mis à l’épreuve. Pas question de faillir, c’est la réputation de toute la Croatie qui est en jeu ce soir. Continue reading

Posted in Observing Brussels, Yves | 2 Comments