Se llamaba Olmo, como el árbol, pero tenía el pelo rojo, como la tierra con la que horneaban los ladrillos. La madre había insistido en ese nombre con el último suspiro, quizá como una confesión encubierta de que no eran –ni él ni su mellizo- hijos del padre, sino de un hombre de mirada airada y pelo color de fuego que había pasado por el pueblo poco tiempo antes y con quien la habían visto más de una vez –decían las malas lenguas- cerca del lago, bajo los olmos.

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Aunque quién sabe… Su hermano, que nació primero y a quien pusieron Pietro, como el marido de la madre, era moreno, como casi toda la rama paterna.
Olmo había venido rezagado, se había asomado a la vida muchas horas más tarde, cuando ya no se esperaba que del vientre exhausto fuera expulsada más que la placenta. La madre alcanzó a besar la cabecita húmeda y despeinada, y expiró sonriente, con el niño en brazos. Continue reading


El beso se quedó suspendido, en medio de un apretón de manos y un abrazo y tras aquel estentóreo “Cristina” que la había hecho volv erse en la acera.



