El beso suspendido

20161122_101712El beso se quedó suspendido, en medio de un apretón de manos y un abrazo y tras aquel estentóreo “Cristina” que la había hecho volv erse en la acera.
–¡Dios mío, qué alegría! ¿Cuánto tiempo hace? ¿Veinte años? El tiempo pasa tan rápido que uno no se da cuenta.

El hombre le sonreía abiertamente y ella le correspondía aunque sentía un calor incómodo que le descendía desde las orejas hasta las mejillas.
–Soy Julián, querida Cristina, aunque ahora me esconda tras estas canas –continuó él mientras se pasaba la mano por el pelo.
–Sí, claro que sé quién eres, perdona. Es la sorpresa…

No se le ocurrió otra cosa qué decir, aparte de intentar ocultar que no le había reconocido. Si él no la hubiera llamado, habría ignorado a aquel cuarentón no solo canoso, sino también entrado en unas carnes que le abultaban la chaqueta.
–Yo te reconocí en un instante. No ha pasado ni un año por ti. Estás igual que como te recordaba –le dijo con una galantería que no le pareció sincera.
–Por favor Julián, que ya tengo cuarenta años –le contestó con algo de displicencia mientras pensaba en sus propias canas tapadas con mechas y en las redondeces de su trasero.
–Mira, ¿tienes un rato para tomar un café? –le propuso tras mirar su reloj y sonriendo algo nervioso.
–Pues la verdad que no tengo tiempo… Me están esperando…
–Venga mujer, solo para recordar el pasado y me cuentas qué ha sido de tu vida estos años.

Ella reconoció la súplica soterrada que Julián le dirigía cuando quería convencerla de algo que no deseaba hacer. En el pasado la había encontraba irresistible y siempre cedía. Hoy le producía una sensación extraña en el estómago, que apretaba lo justo para no producirle nauseas. Podría repetir que no tenía tiempo y dejarle ahí, en medio de la acera, pegado a su sonrisa blanda y a sus falsos halagos. Podría explicarle que debía irse para ayudar en la preparación de la boda de su sobrina, un ejercicio de logística comparable a la estrategia del desembarco de Normandía.
–De acuerdo, solo tomar un café…

No sabía exactamente por qué aceptaba la invitación ni apenas acabó la frase. La sonrisa de triunfo que afloró en el rostro de Julián estuvo a punto de hacerla cambiar de opinión pero finalmente decidió ser cortés.
–Estupendo. Podemos ir al Metropole. Llegamos en cinco minutos –dijo Julián animadamente mientras hacía ademán de cogerla por el brazo. Ella le esquivó discretamente cambiando su bolso de lado y comenzaron a andar.
–¿Pero todavía está abierto? –le preguntó sorprendida.

El lugar le traía malos recuerdos y pensó que podrían haber ido a cualquier otro sitio, pero no dijo nada.
–Pues ha pasado por varios propietarios que quisieron modernizarlo, pero no funcionó demasiado bien –contestó él. –Ahora lo lleva un amigo mío que lo ha restaurado igual que cuando nosotros veníamos. Ya verás lo bonito que está.

Anduvieron en silencio hasta que los amplios ventanales de la cafetería se mostraron presidiendo la pequeña plaza cuadrada. Los toldos rayados de color beis y marrón estaban bajados, creando una sombra agradable sobre las mesas de la terraza.
–A ver si tienen libre la mesa al lado de la ventana en la que solíamos sentarnos –dijo Julián con una naturalidad que la irritó enormemente.

Se quedó atrás mientras él se adelantaba hacia el interior. El olor del lugar era exactamente el mismo que recordaba, una mezcla algo sofocante de aromas dulces y salados, presos en un aire inmóvil. El mobiliario de madera oscura y cuero granate estaba todavía allí, testigo impertérrito de unos recuerdos que regresaban sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Respiró hondo y se preguntó dónde estaba la veinteañera que se había sentado en aquellas sillas. Su mirada vagó sobre las mesas donde algunos clientes tomaban café o merendaban los apreciados churros con chocolate que ya se servían entonces. La mesa delante del segundo ventanal estaba vacía y cerró los ojos unos segundos para abrirlos inmediatamente. No quería verse a sí misma tendiendo la mano hacia Julián, acariciándole la cara y diciéndole que le quería.
–Pues ya ves que suerte que nos podemos sentar en el mismo lugar de siempre –dijo él con una gran sonrisa mientras se dirigía hacia la mesa.
–El juego de la nostalgia no merece la pena, Julián. Han pasado veinte años y nada ni nadie es lo que era ¿no te parece? –le dijo agriamente.

El comentario le cogió por sorpresa y la miró dolido. Ella inmediatamente lamentó lo que había dicho pero se rehízo y le sonrió sin ganas de disculparse. Se sentaron uno enfrente del otro.
–Pensé que te gustaría venir aquí. Lo pasamos bien entonces. Supongo que te acuerdas ¿no? –le dijo él con algo de precaución.
–Claro que me acuerdo, Julián, pero me pregunto si no es más interesante hablar de quienes somos ahora y no tanto de quienes éramos ¿no crees? No somos unos jóvenes con la vida por delante. Ya estamos en ello, o al menos deberíamos…

El rostro de Julián se descompuso tras escucharla. Fue un instante en el que desvió la mirada y la inseguridad se hizo hueco en el juego de impertinencia que siempre utilizaba. No duró apenas pero fue lo suficiente como para despertar en ella una curiosidad malsana que empezó a cosquillearle el cerebro. De pronto se sintió más relajada y se apoyó cómodamente en el respaldo mullido de la silla. Julián buscó la atención de un camarero, que se acercó a la mesa para tomar nota. No volvieron a hablar hasta que las tazas de café humeante estuvieron servidas delante de ellos.
–Me sorprende que no nos hayamos visto en ninguna ocasión durante todo este tiempo –dijo él finalmente.
–Es que vivo en Bruselas desde hace muchos años. Mis padres y hermanas todavía veranean en Cádiz y nos reunimos allí toda la familia. Aquí vengo muy de vez en cuando, por asuntos ineludibles. Bodas, bautizos, comuniones y funerales. Este sábado en particular se casa mi sobrina.

Julián la escuchaba atentamente, absorbiendo sus palabras y asintiendo ligeramente con la cabeza. Se preguntó si ella también le escuchaba de la misma manera, cuando se conocieron en el bufete. Él, veinticinco años, puesto de trabajo fijo, apartamento y coche propios. Y guapo hasta hacer daño. Ella, cinco años más joven, recién salida de su doble licenciatura en Derecho y Economía, viviendo en casa de sus padres y creyendo que podía comerse el mundo con todo lo que sabía. Lo conoció en su primer día de trabajo como becaria con un contrato de verano de tres meses. Un premio, fruto de la amistad de su padre con un socio del bufete, para ganar experiencia en fiscalidad y auditoría. Pero cuando vio a Julián, su corazón dio un salto que la dejó temblando y supo en ese instante que no todo iba a ser como había previsto. Había tenido novios pero esas relaciones siempre la habían dejado insatisfecha. Nunca había encontrado a nadie con un cerebro inquisitivo, que leyera a Tolstoi o le interesaran las películas de Alfred Hitchcock como a ella. Julián era diferente, un universo aparte aunque no hiciera ninguna de las cosas que a ella le gustaban. Sus impresionantes planes profesionales, con cursos de postgrado en Harvard y Oxford y trabajar después con PriceWaterhouse y Deloitte la dejaron boquiabierta. Su aplomo y el misterio que lo rodeaba, construido de silencios y rumores en la oficina, lo hacían completamente irresistible. Empezaron a verse fuera del trabajo durante la primera semana y al cabo de la segunda ya disfrutaban de sexo tórrido en su apartamento.
–Ya…Bruselas, el lugar donde se toman las decisiones importantes –dijo Julián cuidadosamente, como si estuviera tanteando un terreno movedizo.
–Pues sí, supongo. La construcción europea es dar dos pasos adelante, uno atrás y vuelta a negociar.
–Sí claro. Ya lo sé… ¿Y dónde trabajas exactamente? –continuó él, aunque era evidente que no sabía demasiado sobre asuntos comunitarios.
–Pues soy una eurócrata, como nos llamáis por aquí, en la Comisión –le contestó.
–Hice un Master en asuntos europeos en la universidad de Lovaina cuando terminé mi contrato en el bufete. Y ese mismo año me presenté a las oposiciones y saqué la plaza.
–Entonces te marchaste sin decir adiós. ¡Qué pena! Verdaderamente me hubiera gustado despedirme –dijo él con una sonrisa algo patética.
–Pues no sé… Supongo que estábamos los dos ocupados…

Julián se revolvió incómodo en su asiento, cruzando y descruzando las piernas bajo la mesa. Ella intentó mantener una expresión neutra y no caer en la trampa de los reproches. Recordaba como una tortura el último mes de su contrato, un agosto caluroso y con la mitad del personal del bufete de vacaciones. Julián había empezado ya a ignorarla y en aquellas semanas dejó de llamarla completamente. Si ella intentaba el contacto, él siempre estaba ocupado, excepto para algunas sesiones de sexo rápido tras las cuales casi la echaba del apartamento. La situación la afectaba enormemente y aunque se esforzaba por ocultar como se sentía, notaba las miradas raras que algunos de sus colegas del bufete le dirigían. Los ignoraba con desdén hasta que una mañana recibió un mensaje de un número desconocido en su teléfono. El texto decía “Metropole hoy, 13.30”. Dudó hasta el último minuto si iría, aterrada ante lo que quizás descubriría. Tuvo la idea estúpida de que tal vez había sido Julián quien había escrito para darle la sorpresa de un encuentro. Finalmente no pudo con la incertidumbre y corrió hasta la plaza. Sin saber cómo, se encontró, empapada en sudor, delante de la terraza de la cafetería. Era la hora del aperitivo y los toldos estaban bajados, pero la sombra no le impidió reconocer a Julián sentado en una de las mesas. No estaba solo, sino acompañado de una muchacha rubia y de una pareja de mediana edad. El dolor que le estrujaba el pecho no consiguió hacerla huir, sino que la obligó a acercarse aún más para observar a aquella desconocida que agarraba la mano de Julián. El lenguaje corporal, de una familiaridad absoluta entre los cuatro, era tan obvio que no tuvo dudas. Ella había sido un entretenimiento prescindible dentro de algo establecido desde hacía tiempo. No quiso pensar en cuántas había habido antes que ella ni en las que habría después. La realidad le cayó encima esa mañana como un hacha y aprendió en unos segundos lo que a otros puede llevarles años de existencia.
–Estoy intentando hacer memoria de lo que pasaba en aquel verano, pero la verdad que no me acuerdo de nada de particular para que no pudiéramos despedirnos –repitió Julián.
–No te preocupes, nada de eso tiene importancia ahora –le contestó ella tras una corta pausa.

Julián continuaba hablando pero ella no le escuchaba. Su cerebro intentaba comprender si esa inconsciencia tan absoluta era fruto del olvido o simplemente le estaba mintiendo.
–Perdona, estaba distraída… –le dijo cuándo notó que él la estaba mirando fijamente. Debía decir algo y se agarró a lo obvio.
–Dime ¿y tú? ¿Qué haces ahora? ¿Estás de visita también?

Julián volvió a revolverse en la silla y carraspeó sonoramente.
–Pues no gran cosa… Pero como te decía hace un minuto, me gustaría que me hablaras de tu vida en Bruselas y de tu trabajo –le contestó evasivamente.
–Vamos Julián. Luego. Pero ahora cuéntame tú, por favor.

Parecía que le estaba dando una orden y sorprendentemente, Julián le sonrió avergonzado. Parecía un niño cogido en falta.
–Pues no, no estoy de visita. Vivo aquí. De hecho, siempre he vivido aquí –le contestó con lo que parecía algo de resignación.
–Conocí a una chica, Soledad. Estaba y está muy unida a su familia y no quería irse, así que nos quedamos aquí. Ya sabes las cosas que se hacen por amor.

Julián cogió la taza de café y le dio un largo sorbo. Ella hizo lo mismo y se preguntó si Soledad sería la joven rubia que acompañaba a Julián, en la terraza del Metropole, veinte años atrás.
–Y continúas trabajando en el bufete, supongo.
–Pues sí, soy jefe de la sección contable y tengo tres personas a mi cargo –le explicó él pomposamente.
–Ya… Entiendo…

El ruido a su alrededor había aumentado y tenían que levantar la voz para hablar. La hora de la merienda era popular en el Metropole y casi todas las mesas estaban ahora ocupadas. Su teléfono móvil sonó en ese momento y el número de Jean-Pierre saltó en la pantalla.
–Perdona, tengo que contestar –dijo a Julián, que terminaba su café. Cogió su bolso y salió a la plaza.
–Salut, mon amour ¿Comment vas-tu?

La voz de Jean-Pierre sonaba sorprendentemente cerca a pesar de estar tan lejos y se alegró enormemente de escucharle. Habían preparado las maletas y todo estaba listo para el viaje del día siguiente. Pierre y Aurèlie le habían ayudado y estaban muy excitados por venir a la boda de su prima mayor.
–Génial. Tout est presque prêt ici. J’irai vous chercher demain à l’aéroport. Bisous aux enfants. Je t’aime –le dijo dulcemente.

Metió el teléfono en su bolso y miró el reloj. Eran ya las seis y cuarto. Desde donde estaba podía ver a Julián, todavía sentado en la mesa delante del ventanal y mirando en su dirección. Dudó unos segundos antes de levantar la mano y hacerle un gesto de despedida. Se dio la vuelta rápidamente y empezó a andar, camino a casa de sus padres. No sabía muy bien por qué, pero lo único que le apetecía era sonreír.

Eva

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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