Nuestro apartamento, junto a otros cuatro, ocupaba la tercera planta de un edificio al lado de la plaza de Meeûs. Una “B”, construida con metal dorado, adornaba la parte superior de la puerta de entrada. El piso era muy pequeño, unos cincuenta metros cuadrados, pero servía perfectamente para lo que necesitábamos entonces. El contenido de nuestras maletas apenas ocupaba la mitad de los cajones del dormitorio. Los armarios de la cocina contenían utensilios viejos, cargados con el tono grisáceo de un uso demasiado continuado. Carlota se negó a comer con ellos y compramos platos y cubiertos por unidades en una tienda de la “Chausée de Ixelles”. Tampoco quiso dormir con el edredón y las almohadas que nos proporcionó el casero, ni secarse con las toallas del baño.
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