
Photo by Jonathan Eden-Drummond
Ooms. Como el sonido que se hace mientras se juntan tres dedos de cada mano con los brazos abiertos cuando quiere uno imitar la postura de meditación para indicarle a alguien que debe mantener la calma, pero con “s” final, como si se tratara de meditaciones múltiples, o como si se necesitara una serenidad superlativa. Ooms, así se llamaba el hombrecito de pelo blanco y ralo que vivía en el piso de abajo.
Debía de tener al menos ochenta años, lo mismo que su mujer, menuda como él y, en mi recuerdo, vestida eternamente con una bata floreada.
Nosotros éramos muy jóvenes y acabábamos de empezar nuestra vida juntos en esa especie de departamento, tan frecuente en Bélgica pero al que yo todavía no me acostumbraba, en que la distribución de las piezas se hace según el capricho del propietario que alquila y que el inquilino -se supone- debe aceptar sin chistar. La ducha, una cabina de plástico, en la cocina. El toilette, en un rincón al lado de la ventana que daba al jardín de abajo, muy lejos del dormitorio al que se accedía saliendo del departamento y subiendo por la escalera al piso de arriba. El piso, de vinil amarillo, cortado un poco a la que te criaste. Continue reading →