
El nuevo año comenzó en la oficina igual que había terminado, con innumerables horas de trabajo. Gracias al esfuerzo, los dosieres que me habían asignado pronto tuvieron sentido. Aprendí de memoria la estructura de las empresas, sus historias públicas y secretas, sus jerarquías pasadas y presentes, sus clanes, sus rencillas y sus guerras. También me impliqué en seguir meticulosamente la legislación europea que les concernía, lo que no era diferente del trabajo en el bufete de mi padre. El paso siguiente era redactar los informes, tras traducir al lenguaje diario la jerga europea de reglamentos, directivas y regulaciones. Durante esta fase me convertía en el perfecto depredador que digería los textos de otros, igual que cuando era niño y quería hacer sonreír a la señorita Milagros. Ahora debía complacer a mis poderosos clientes. Uno de mis mayores logros fue conseguir que esos pastiches copiados tuvieran toques personales que los diferenciaran del resto. Descubrí que frases irónicas sobre el peso de la burocracia comunitaria no eran mal venidas dentro del cuerpo del informe. Incluir pequeñas viñetas humorísticas, también robadas en la Web, beneficiaba el flujo de la lectura del texto. El asesoramiento para las etapas siguientes del proceso político de introducción de enmiendas las propuestas legislativas también formaba parte de mi trabajo. Pronto conocí a los funcionarios de la Comisión que se ocupaban de cada caso, a quien debía hablar en el Parlamento Europeo y sus comités, en el Consejo, en las Representaciones Permanentes y en las embajadas. También las organizaciones no gubernamentales eran objeto de mi interés. La firma tenía una enorme lista de contactos que facilitó mi entrada en un mundo políglota y cosmopolita, tan ávido de intereses como pleno de materialismo.





