(Photo credits by Jonathan Eden-Drummond)
“No puede ser Miguel porque Miguel se murió,” te dices mientras pasas a través del hueco que dejan, al abrirse, las puertas automáticas del metro. Más allá del individuo que lo suscitó —un hombre que pasaba las barreras en sentido contrario—, te da risa la aparición de ese pensamiento. Pero, en lugar de descartarlo, como a algo sin importancia, te quedas con él. Lo dejas flotando en tu mente hasta que surgen las muchas veces en que ese tipo de pensamiento te sucede. Cosas como “No puede ser Cristina o Flavia o Ale, porque no están en Bruselas”. No están. Tampoco Miguel está. Estar o no estar, esa es la cuestión.









