Hotel 10

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Acabo de contar  los días que llevo en el hotel. Ahora los anoto  en el calendario que me compré en Inno el otro día. Son ya diez pero parece que llevo mucho más tiempo en esta habitación de la que conozco todos sus recovecos. Tengo la impresión absurda de que los días se han hecho dobles o triples en su número de horas. Tal vez el  hecho de que  no escribo tiene algo que ver con la aparente lentitud de los minutos. El tiempo pasaba sin sentir mientras llenaba páginas. Por el contrario, leer lo  que he escrito ha sido un proceso mucho más lento y tan desasosegante que me ha obligado a dejar la habitación cuando no deseaba hacerlo. Me he visto forzado a intercambiar mis paseos sobre la moqueta por recorridos arriba y debajo de la Rue Neuve. Si hace demasiado frío entro en Inno o en Citi 2, donde nadie me presta atención si miro al suelo. He pasado mucho tiempo deambulando en esos lugares sin otro propósito que retrasar la vuelta a la habitación del hotel para no enfrentarme al cuaderno abierto sobre la mesa. Es sorprendente cuanta atención se puede otorgar a cosas irrelevantes cuando uno no quiere volver a la realidad que le espera. Conozco perfectamente  las tiendas, las ofertas, la distribución de la mercancía por departamentos, el rostro cansado de las dependientas al final del día. A veces voy a McDonald’s a comer una hamburguesa si tengo hambre o a beber su horrible café. Tal vez tenga que cambiar de establecimientos porque he comenzado a reconocer algunas caras y seguramente esas caras también reconocen la mía. Esa fue una de las primeras lecciones que Truman me enseñó cuando empecé a ayudarle en algunos casos.

– El anonimato es la herramienta de oro de cualquier investigador privado que se precie- me repetía a menudo.

Esta mañana me desperté a las cinco sin ninguna razón particular. No soñaba, no tenía una pesadilla, sencillamente abrí los ojos y no pude volver a cerrarlos. Todo estaba oscuro fuera y todavía razonablemente silencioso. Sabía que no merecía la pena intentar volver a dormirme, así que me levanté y me di una ducha. Me preparé  un café negro porque no tenía leche y comí unas galletas. El cuaderno estaba abierto sobre la mesa, no necesitaba acercarme para saber que las páginas contaban mi primera cita con Nina en el hotel Europa. Me sorprendió sentir vergüenza, después de más de siete años, de haber disfrutado tanto con el juego perverso de escapadas y mentiras que empezó aquella tarde. Nunca he conseguido saber con certeza si Carlota estuvo al corriente de esta infidelidad, la primera de una larga lista de historias clandestinas de las que apenas me quedan recuerdos. Sé que de las otras no quiso enterarse, que se envolvió con una coraza de ignorancia que la ayudó a enfrentarse al final de nuestro matrimonio y reunir el coraje suficiente para dejarme.  Cuando empecé a verme con Nina, Carlota y yo aún creíamos en el espejismo de felicidad que enviábamos a nuestro alrededor. Entonces todavía era importante comportarse con decencia, por lo que construí una maraña de coartadas falsas para justificar mis interminables jornadas en la oficina y mis numerosos viajes de trabajo. Carlota también trabajaba muchas horas en la clínica, pero eso  no consiguió distraerla de lo que yo trataba desesperadamente de ocultarle. Una noche me esperó despierta. Yo volvía de un viaje a Luxemburgo con Nina y me parecía sentir todavía su perfume pegado a mi chaqueta.  Cuando entré en el apartamento, Carlota estaba de pie en la entrada. La luz encendida del techo creaba un halo blanquecino alrededor de su cuerpo. Adiviné que todavía llevaba puesta la ropa de ir al trabajo aunque eran casi las dos de la madrugada. Me pregunté cuanto tiempo llevaría esperándome en esa posición, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente ladeada. Sus ojos me miraban de frente, casi sin pestañear.

– Quiero que me digas si has estado de viaje con una mujer – me preguntó abruptamente, aunque su voz era tranquila.

No recuerdo con exactitud lo qué le contesté, pero fui capaz, a pesar de la sorpresa, de jurarle que no veía a nadie, que ella era la única y siempre lo sería.  También me inventé una avería del coche de la firma para justificar el retraso. Carlota escuchó en silencio mi pequeño discurso exculpatorio y no me hizo ningún reproche. Sólo se abrazó a mí con fuerza y  escondió su cara sobre mi hombro. El silencio nos envolvió a los dos como una manta pesada e incómoda. El aroma del perfume de Nina estaba entre nosotros, sutilmente presente. Estoy  seguro de que Carlota lo notó, pero esa evidencia no consiguió obligarme a cambiar ni una palabra de todo lo que le había dicho. Siempre fui un cobarde y nunca osé decirle la verdad, ni aquel día cuando a lo mejor aún había tiempo, ni  después, cuando ya estaba todo perdido.

El café estaba malo y las galletas se habían reblandecido, así que decidí salir a desayunar algo más apetecible. De paso iría a la lavandería porque me estaba quedando sin ropa para cambiarme. Metí las prendas sucias en una bolsa de plástico grande, me puse el anorak y el gorro de lana y fui a coger el ascensor. El pasillo estaba silencioso y no escuché ningún ruido aparte del roce de mis pasos sobre la moqueta azul. Algunas habitaciones tenían el cartelito en la manilla de “No molestar”. El ascensor rugió suavemente al apretar el botón de llamada. Cuando la puerta se abrió, me encontré con un carrito lleno de artículos de limpieza ocupando casi todo el habitáculo. Conseguí deslizarme en un lado mientras apretaba el botón que mantenía las puertas abiertas. Esperé unos segundos pero nadie vino a recuperarlo, así que descendí a la recepción. El hombre que me había recibido la primera noche estaba allí,  ejerciendo como un sacerdote en su solitario mostrador lacado. Me miró cuando pasé a su lado y me saludó con una inclinación de cabeza. Seguía llevando el pelo engominado y sus ojos continuaban siendo oscuros, pero  su camisa era hoy de un brillante color naranja.

Todavía no clareaba cuando salí a la calle, pero el ruido del tráfico ya era rotundo como corresponde a las siete y algo de la mañana en Bruselas. Llegué a la lavandería en apenas cinco minutos, justo cuando abrían. Fui el primero en entrar y sentí una absurda sensación de triunfo.  La lavadora del fondo era mi favorita, así que me dirigí a ella directamente. Metí  la ropa y el detergente y tras pagar, salí en dirección a la cafetería que estaba justo enfrente. Había una larga cola delante del mostrador, pero nadie estaba sentado en la mesa al lado de la cristalera. Ese patrón se repetía cada vez que iba a la lavandería. Todo el mundo compra el desayuno para comérselo en la oficina y no puede disfrutarlo sin trabajar. Yo había sido uno de esos durante años, pero hoy me sentía un privilegiado por poder saborear el capuchino y el cruasán mientras esperaba a que la ropa se lavase. Los periódicos del día estaban al lado del mostrador y me ayudarían a pasar el tiempo que me sobraba últimamente. No tenía nada más que hacer ese día, excepto sacar la ropa de la lavadora-secadora, doblar las prendas,  meterlas en mi bolsa de plástico y volver al hotel para colocarlas en el armario sin puertas de la habitación.  Me sentí  extrañamente satisfecho de poder hacer algo con todas las horas que el día me ofrecía.

– Adriana…- dije en voz baja.

El nombre saltó en mi memoria  inesperadamente, justo cuando empujaba la puerta de la cafetería. Las hojas de papel, colocadas sobre el carrito de limpieza atrapado en el ascensor, me vinieron a la memoria. Un plan de trabajo con el número de las habitaciones a limpiar y una tabla de horario.  El nombre aparecía nítidamente escrito con bolígrafo azul en la esquina derecha de la primera página.

Me sentí absurdamente feliz de haber descubierto ese nombre, que empezó a saltar en mi cabeza incontroladamente como una de esas pelotitas de goma maciza. No tenía sentido asumir cosas, todo eran suposiciones sin nada razonable que las apoyara. Sin embargo, no conseguía deshacerme de la certeza de que Adriana era la lectora cautelosa y discreta de las miserias descargadas en mis cuadernos.

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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