
El tren a Waterloo salía en pocos minutos según la información desplegada en las pantallas de la estación de Bruxelles-Midi. Apenas tuve tiempo para comprarme un bocadillo y corrí hasta el andén número 21. El vagón al que me subí estaba bastante vacío, por lo que pude sentarme sin compañía para mirar tranquilamente por la ventanilla. Bruselas desaparecía al cabo de unos quince minutos tras las paradas de Etterbeck, Bondael y St-Job, para dar paso un paisaje de casas dispersas con jardines de formas irregulares en Linkebeek, y Rhode St-Genese. Después los campos de cultivo se extendían en una tierra revuelta de color ocre hasta llegar a Waterloo. El ritmo del tren me hizo revivir mis trayectos a la oficina, trabajando apuradamente para leer los informes y correos electrónicos que había recibido durante la noche. A veces me sobresaltaban desagradablemente las carcajadas de esos clanes de viajeros que se encuentran a diario para guardarse los asientos y charlar de naderías. Yo no tenía tiempo para eso y viajar en primera clase tampoco animaba ese tipo de relaciones. Ninguno de mis compañeros de vagón tenía nada que aportarme y siempre supuse que la inversa también era verdadera. El contraste con la tranquilidad de observar el paisaje cambiante al otro lado de la ventanilla redujo mi comportamiento del pasado a la trivialidad más absoluta. Todo me parecía ahora tan vacío como el vagón en el que me encontraba. Ni siquiera el revisor vino a examinar mi billete. Continue reading








