La calle de la Ciencia (1)

Wetenschaps

Nevaba el día de diciembre que comencé a trabajar en la firma. Los copos eran grandes y mojaban mi plumífero nuevo pero yo me sentía abrigado y cómodo bajo él. Rodrigo me esperaba a la puerta del edificio de “Rue de la Science”. Tenía un vaso de papel en la mano y el vapor de su aliento se mezclaba con el que salía del café caliente.

-Buenos días cuñado ¿Listo para el primer día de trabajo?- me preguntó con una sonrisa.

– Sí. Vamos a ello- le contesté intentando ocultar mi nerviosismo.

Rodrigo empujó la puerta de cristal, decorada con apliques de metal negro y dorado. Se abrió sin hacer ruido y la tibieza del aire del vestíbulo me acarició suavemente la cara. Reconocí las paredes de mármol, las placas y los logotipos de las firmas presentes en el edificio. El corazón me latía con fuerza mientras subíamos en el ascensor. No tenía miedo, no había ninguna razón para ello, me decía, solo estaba excitado ante mi primer día de trabajo. La firma estaba creciendo y ahora ocupaba todos los despachos del séptimo piso. Gracias a ello yo tendría uno para mí solo y compartiría secretaria con Rodrigo.

– Vamos a ver a Cees – me dijo sin darme tiempo apenas a quitarme el abrigo.

Le seguí casi corriendo a través del pasillo hasta que llegamos a una puerta cerrada con una placa que decía “Director”. Rodrigo la abrió sin llamar y entramos en un despacho pequeño. Un joven levantó la mirada de la pantalla del ordenador.

– Buenos días, Kevin. Por favor dile a Cees que ya estamos aquí.

Kevin nos miró de forma neutra y cogió el teléfono. Dijo algo en holandés y colgó.

– Cees tardará unos minutos – nos dijo en inglés mientras apuntaba hacia los sillones de la esquina.

Nos sentamos en silencio y miré a mi alrededor discretamente mientras esperábamos. La oficina de Cees era una parte de la oficina que no conocía. De hecho, no conocía nada más que la sala de reuniones en la que me habían hecho la última entrevista, tres meses atrás. La cafetera gorgoteaba sonoramente a nuestra izquierda. Una bandeja con tres tazas, sobres de azúcar y una jarra de leche estaba preparada sobre un archivador. Dos pinturas abstractas, en tonos verdes y ocres, colgaban juntas en una de las paredes. El lugar tenía un aspecto agradable y extremadamente profesional. Los muebles eran caros sin duda. El cuero bajo mis dedos era tan suave que me parecía estar tocando seda.

La puerta que estaba detrás de la mesa de Kevin se entreabrió y Cees apareció.

– Entrad y perdonad la espera. Estaba al teléfono. Kevin, trae el café por favor.

Me sorprendió que mi nuevo jefe se disculpara y también ver a un hombre haciendo trabajo de secretariado. Cees nos estrechó las manos amablemente cuando entramos en su despacho. Era una copia del de Kevin, solo que el triple de amplio, con más muebles y una bolsa con palos de golf apoyada en una esquina. Los sillones de cuero estaban acompañados por un sofá de tres plazas y una mesa baja de cristal. Las pinturas abstractas habían crecido en tamaño y se asentaban a los lados de dos grandes ventanales. El escritorio estaba al fondo del despacho y la silla se orientaba hacia la puerta. Dos ficus que casi llegaban al techo lo flanqueaban como mudos vigías.

Kevin trajo el café y Rodrigo y yo nos sentamos en los sillones. Cees se sentó en el sofá y pareció ocuparlo completamente. Su corpulencia y su estatura no dejaban de impresionarme. Cuando nos encontramos por primera vez, me sentí raquítico ante sus casi dos metros de músculo sólido. Rodrigo me había dicho que iba al gimnasio regularmente y sólo se hospedaba en hoteles que tuvieran salas de entrenamiento entre sus facilidades.

-¿Qué tal el viaje?- me preguntó Cees.

Le contesté que bien, pero me di cuenta de que no tenía tiempo para conocer más detalles. Su cortesía fue la justa para no parecer maleducado, pero inmediatamente abordamos el asunto principal.

– Los dosieres están en tu mesa. Los clientes son aquellos de los que hablamos. Tu formación empieza dentro de una hora ¿Estás listo?

Los ojos grises de Cees estaban fijos en mí. Sus pestañas eran rubias, lo mismo que su pelo, aparte de algunos mechones grisáceos sobre sus orejas. Mi jefe había pasado la cuarentena holgadamente aunque pareciera bastante más joven.

– Sí señor, por supuesto.

Quise poner tanto énfasis en mi respuesta que sentí que mi voz sonaba a mentira. Cees pareció no notarlo y se puso de pie. La reunión había terminado y apuramos los cafés calientes que no habíamos tenido tiempo de empezar. Al salir Cees me dio una palmada en el hombro. Con el rabillo del ojo pude ver el destello metálico del Rolex en su muñeca izquierda.

Rodrigo me acompañó a mi nuevo despacho, que estaba al lado del suyo. Un pequeño habitáculo acristalado, construido en medio del pasillo, albergaba la mesa de Lucie. Nuestra secretaria se levantó cuando llegamos y me tendió la mano sin sonreír. Tendría más de cincuenta años, una figura oronda y llevaba el pelo corto y teñido en un tono anaranjado. Sus gruesas gafas de pasta eran del mismo color que su pelo. Su vestido me pareció un saco de color caqui.

– Hola, soy Lucie. Aquí tiene su agenda para hoy. La formación empieza dentro de media hora. Vendré a buscarle- me dijo con una eficiencia absoluta.

Cogí la hoja de papel que me tendía y Lucie nos dejó inmediatamente. Rodrigo tiró de mi brazo y nos metimos en el despacho que me había sido asignado. Tenía una mesa con un ordenador portátil encima, un sillón giratorio, una vitrina de cristal vacía y varios archivadores. También tenía mi propia pintura abstracta en la pared y un pequeño ficus cerca de la ventana. Me senté en el sillón y di varias vueltas en redondo. Me apetecía gritar de alegría pero no lo hice. Rodrigo me miraba divertido.

– La impresora está en el habitáculo de Lucie. Así saben que no imprimimos las fotos de las vacaciones- me dijo con ironía.

Sobre la mesa estaban los dosieres de los clientes que me habían asignado. Eran gruesos y había más información sobre ellos en el disco duro del ordenador. Mucho trabajo estaba esperándome pero no me importaba en absoluto. Estaba extremadamente orgulloso de las dos farmacéuticas, la petrolera y el fondo de inversiones que me habían sido asignados. No eran multinacionales pero esas ya llegarían en su momento y yo estaría a la altura de lo que se esperaba de mí. Acaricié las pilas de papel como si estuvieran vivas y pudieran devolverme el interés que depositaba sobre ellas.

– Hola, buenos días y bienvenido –

La voz femenina me sorprendió y levanté la mirada.

– Permíteme que os presente – dijo Rodrigo- Nina, una de nuestras socias…

Creo que le estreché la mano pero no estoy seguro. Tampoco recuerdo si le dije algo. Sólo sé que un instante después de mirar su rostro, todo se paró a mi alrededor.

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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