
Art work by Enrique Cropper
Volví al hotel sobre las nueve. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas y el silencio en el pasillo era completo. No había rastro del carrito de la limpieza, pero mi cama estaba hecha y el cuarto de baño olía a limón cuando entré en la habitación. Pude haber explorado lo que pasaba en los otros pisos del hotel, buscar donde continuaba la eficiente obliteración del paso de los huéspedes, pero decidí no hacerlo. Tenía la certeza de que Adriana y yo nos encontraríamos pronto y preferí dejar que fueran las circunstancias las que nos acercaran. Ella había estado allí, en mi habitación, y no intentaba ocultarlo. El cuaderno que había guardado en un cajón, como hacía cada vez que me marchaba, estaba abierto sobre el escritorio. Lo cerré sin mirar la página. No quería saber lo que había leído, no me importaba que Adriana conociera mis miserables secretos. No sé por qué me imaginé que ella me comprendería, que no me juzgaría como hacía Carlota con su desagradable superioridad moral.
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