(Vers la version frençaise)

Picture by Jonathan Eden-Drummond
Se corrió la voz de que había aire acondicionado en el supermercado de la esquina y enseguida se llenó de gente. En nombre de la protección del medio ambiente, el mismo gobierno que otorgaba privilegios a quienes compraban coches de empresa y fomentaba la instalación de compañías aéreas low-cost, había prohibido los aires acondicionados. Así que la gente que no tenía plata para comprarse un coche ni irse de vacaciones, no tenía más remedio que quedarse en sus departamentos recalentados sudando la gota gorda.
Por eso la noticia de que había un lugar fresco en la ciudad corrió como reguero de pólvora y entre las góndolas empezó a pasearse gente que no tenía la menor intención de comprar nada.
Al principio, los empleados del supermercado no entendían pero más bien celebraban lo que percibían como un aumento en la afluencia de clientes. Se mostraban amables con quienes, fingiendo interés, preguntaban dónde estaban los helados o los alimentos para perros. Pero cuando pasaron dos horas o tres y ninguno de los que había entrado salía, ni siquiera se dirigía a las cajas, empezaron a mirarse entre sí preocupados. ¿Qué vamos a hacer con toda esta gente?
En efecto, todos los espacios entre las góndolas estaban repletos, de modo que entre los que estaban junto a los estantes a uno y otro lado decidiendo supuestamente lo que iban a comprar había al menos dos hileras de clientes que aun si hubieran querido, no habrían podido estirar los brazos. No que les importara mucho, la verdad, pero el amontonamiento hacía subir la temperatura. De cualquier modo, mucho menos que el calor que hacía afuera.
Pero donde más gente se había juntado era al lado de las heladeras del fondo. Ahí se turnaban para ponerse lo más cerca posible de los congeladores. Algunos incluso habían abierto las tapas y metido las piernas adentro para que las plantas de los pies tocaran la superficie helada. Ese gesto fue aplaudido por quienes lo vieron y todo el mundo quiso imitarlo, así que en cierto punto todos los congeladores estaban abiertos y la gente hacía cola para sentarse un rato con los pies descalzos en el frío. Eso, hasta que un empleado los vio y fue a avisarle al gerente de la sección congelados que vino hecho una furia y amenazó con llamar a la policía si no ponían todo en orden inmediatamente.
La gente se asustó y obedeció: cerraron las tapas de los congeladores pero no por eso se movieron un milímetro ni pensaron en irse del supermercado. Sin contar que, al rato, algunos se avivaron y volvieron a meter las patas en las heladeras. No van a llamar a la policía, dijo uno. Y si los llaman, no van a venir. Con este calor, y la gente que se desmaya en la calle porque no hay sombra ni funcionan los transportes, ¿qué van a venir?
A todos los que escucharon les pareció una reflexión genial, digna de alguien que podría ganar las elecciones, así que sin el más mínimo empacho, los imitaron. Algunos incluso se metieron de cuerpo entero en los congeladores. Hubo un gracioso que le cerró la tapa a un chico y menos mal que lo vio una señora que, si no, se habría convertido en un producto congelado más.
A raíz de eso, un tipo que debe haber sido profesor de filosofía o algo así, reflexionó sobre la diferencia entre morir de calor y morir de frío. Podemos derretirnos, achicharrarnos o que se nos cocinen los sesos, dijo, si nos quedamos afuera, o elegir adormecernos lentamente, como los viejos esquimales. Ir perdiendo poco a poco las sensaciones hasta paralizarnos. Yo sin duda prefiero la segunda opción. Y yo, le hicieron eco unos cuantos. Pero nadie volvió a meterse en la heladera por las dudas.
Mientras tanto, los cajeros dejaron sus puestos por falta de clientes y fueron a reunirse cerca de la salida con los responsables de los distintos sectores, incluido el gerente de congelados. ¿Qué vamos a hacer con toda esta gente?, volvió a decir alguien. Habría que llamar a la dirección, sugirió otro. Mejor consultar primero con el jefe, intervino una chica. Yo lo vi salir hace un rato. Y hoy era su último día porque se va de vacaciones, replicó uno que era representante sindical. Entonces llamemos a la dirección, insistió el que lo había sugerido. No, no, no, dijo el representante sindical, que después nos van a echar la culpa a nosotros. Es que falta poco para el cierre ¿y qué vamos a hacer? No podemos irnos y dejarlos adentro, opinó la chica que había querido consultar al jefe. Alguien va a tener que decirles que se vayan. ¿Querés decirles vos? preguntó el gerente de congelados con una ironía que la chica no captó. Y antes de que pudiera contar lo que había visto — lo de la gente metida en las heladeras —, la chica, que era joven y nueva, pensó que, si había sido su idea, era justo que le tocara a ella hacerlo y, haciendo de tripas corazón, con un hilo de voz dijo Bueno… y se separó del grupo. Sin mayor convicción, el representante sindical se ofreció a acompañarla pero ella hizo un gesto que quería decir que no hacía falta.
Quién sabe por qué, en lugar de dar un anuncio por micrófono, a la chica se le ocurrió ir a hablar directamente con el público así que, abriéndose paso entre los cientos de personas que ocupaban todos los espacios existentes entre las góndolas, atravesó el supermercado entero hasta el fondo y se dirigió al grupo que estaba junto a los congeladores.
El político en ciernes, que se había subido a una heladera con la intención de arengar a las masas, la vio llegar y le dedicó un comentario despreciativo: Ahí viene la patrona, dijo. La chica quiso protestar y decir que eso no era cierto. Pero era joven y nueva y un poco tímida, así que nadie la oyó. Todos supusieron que el de arriba del congelador estaba bien informado y que la chica era la dueña del supermercado. La miraron con odio y empezaron a abuchearla.
¿Qué es eso?, se preguntaron los empleados que estaban adelante y tendieron la oreja para intentar entender qué pasaba. La chica, mientras tanto, parada junto a las heladeras y rodeada de una muchedumbre, alzó los brazos y se puso a gritar lo más fuerte que pudo para que la oyeran. Pero esto tuvo el efecto contrario de lo que esperaba y los abucheos fueron en aumento.
Es culpa de gente como ustedes, estaba diciendo el supuesto político, que haga tanto calor y que no nos dejen instalar aires acondicionados. Todo el mundo aprobó con aplausos, gritos y miradas de odio certero hacia la chica. Es culpa tuya, y la señaló con el dedo, que nosotros tengamos que achicharrarnos ahí afuera y los ricos se refresquen en ambientes climatizados, piscinas y playas paradisíacas. La chica balbuceaba explicaciones que nadie oía y se le caían las lágrimas. Es culpa tuya, es culpa tuya, la señalaban todos los índices. La chica ya no intentaba defenderse. Entre varios la alzaron y la depositaron sobre la heladera junto al político. Cul-pa-ble, cul-pa-ble, cul-pa-ble, vociferaban a su alrededor a un ritmo cada vez más desenfrenado.
Y como el bochinche aumentaba, los de la entrada lo oían, y oían sobre todo cómo aumentaba la violencia. Al gerente de congelados empezó a atacarlo el remordimiento. Miró de reojo al representante sindical, que tenía la boca torcida por algún escrúpulo, y decidió que no podían quedarse de brazos cruzados. Voy a ver qué pasa, anunció, y dos o tres lo siguieron. A codazo limpio, se abrieron paso hasta el fondo.
Cuando vio a la chica llorando a lágrima viva encima de la heladera y a todos apuntándola con el dedo, el gerente de congelados montó en cólera, en un segundo atravesó los metros que lo separaban del escenario improvisado y se trepó al lado de la chica y el político. Su llegada produjo un instante de silencio boquiabierto que él aprovechó para decir: ¡Manga de imbéciles y de cobardes!¿Cómo pueden creer que esta chica sea la directora? ¿Y cómo pueden creer que ella sola sea culpable del cambio climático? La gente se calmó un poco pero, como quien no quiere la cosa, la lengua viperina del político sugirió: éste también es de la patronal, ¡miente! Logró lo que quería: sembrar la duda. El gerente no se acobardó: Ya sé que ahí afuera hace un calor de morirse y por eso están acá. Algunos aplaudieron pero el político aprovechó para añadir: ojo con éste de la patronal, que los quiere convencer. ¡Callate vos!, le dio un codazo la chica, que había recuperado la entereza y una mujer que estaba adelante sonrió.
Tenemos un problema, siguió el gerente. A nosotros nos pagan por mantener este supermercado. No somos de la patronal, como dice este señor. Somos empleados que vivimos de nuestro trabajo. Y a cierta hora — y ahí miró su reloj — dentro de veinte minutos, vamos a tener que cerrar. No se pueden quedar acá.
En mi departamento hace 38°, dijo alguien. En el mío, 40°. Preferimos dormir acá. Lo siento. No se puede, dijo el gerente. ¿Y por qué no?, le dijo la chica en voz baja. El gerente bajó la cabeza mientras pensaba cómo iba a hacer toda esa gente para dormir en el suelo y qué iba a pasar a la mañana siguiente cuando todos se levantaran y se pusieran a deambular por ahí mientras ellos abrieran para recibir a la clientela.
Pensó y pensó, de atrás para adelante y de adelante para atrás y, cuando salió por fin de su mutismo, anunció: Se pueden quedar esta noche.
Los que estaban cerca y lo oyeron, aplaudieron. ¿Qué pasa?, preguntó uno de los empleados que se habían ido acercando. Parece que nos podemos quedar a dormir, respondió una mujer, y el empleado abrió muy grandes los ojos. Está loco el gerente, pensó. Nos van a echar. Yo me voy.
A ver cómo podemos organizarnos, estaba diciendo ahora el gerente, y por primera vez se le ocurrió que podía usar el micrófono. Se bajó del congelador y se fue rápido a la cabina de la entrada. Desde ahí les habló. Los saludó como solía hacerse cuando alguien solicitaba una información o se había perdido un niño, y enseguida anunció: Debido a las temperaturas excepcionales, esta noche pueden dormir aquí. Con una condición, sin embargo: a la hora de apertura del supermercado, todos tienen que haberse ido y dejado todo impecable. Entre incrédula y emocionada, la gente aplaudió. Algunos empleados también pero otros lloraban o se enojaron temiendo que los iban a echar.
Mientras tanto, la voz del gerente seguía dando instrucciones para que distribuyeran toallas, lonas de playa, mantas o lo que encontraran para que la gente durmiera con un mínimo de comodidad. De la comida ya se habían encargado ellos mismos, sacando de las góndolas lo que se les diera la gana. El gerente prefería ni pensar en cómo iba a explicar la falta de tantos productos sin su correspondiente ganancia a la dirección. Hubo, claro, que habilitar los baños del personal para que pudiera ir la gente y enseguida se formó una cola kilométrica. Se decidió además que algunos empleados se quedaran a dormir también para controlar un poco la situación.
Esa noche, recostado en un sillón que había en la oficina del jefe y rodeado por los cinco o seis empleados que habían accedido a apoyarlo, tirados en la alfombra o alguna manta en el suelo, entre ellos la chica del principio, al gerente le costaba conciliar el sueño. Sabía que con toda seguridad se iba a quedar sin trabajo y a su edad no iba a ser fácil encontrar otro. Cuando al fin se durmió, soñó con un mundo donde las olas de calor habían desaparecido y todos lo aplaudían.





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