Georgia on My Mind

Photo by Jonathan Eden-Drummond

Quisieras preservar la complejidad de la escena al contarla, como cuando caminas por la calle y sientes —o crees que sientes— rotar la Tierra bajo tus pies. No siempre es así pero a veces te sucede justo ahí, andando por esa misma vereda bruselense que transitas a diario y hoy te lleva, como cada martes, al lugar donde va a pasar lo que quieres contar.

Son muchos en la sala de paredes azules en que se reúnen para cantar. El director es un hombre joven, algo exaltado y con algunas veleidades de artista incomprendido, que suele, sin embargo, dejar imponerse al primero que demuestre voluntad de hacerlo. Una vez, no hace tanto, por poner un ejemplo, vino con él una tarde un joven, a las claras extranjero, que el director presentó como a alguien que acababa de conocer en el parque y que en pocas semanas logró convencerlo de que cantaran una canción que él mismo trajo y dirigió. Hay que decir que los impresionó a todos con su potente voz de tenor y una determinación a toda prueba en los ojos amarillos y la frente despejada del cabello recogido hacia atrás en una coleta. Curiosamente, la música que propuso no era de Medio Oriente, como habría cabido esperar por su físico, sino americana. Y, en lugar de entonar una ondulante melodía siria -al principio, pensaste que era de aquel país, quizás porque por entonces venía también un sirio a acompañar con su bello instrumento de cuerdas algunas canciones- se encontraron cantando un negro spiritual.

A fin de cuentas, resultó que el joven de la coleta era iraní -te lo corroboró una compatriota que hablaba farsi con él- y siguió asistiendo con asiduidad al coro para beneplácito del director, aunque no tanto de algunos participantes a quienes su inquebrantable voluntad de imponer sus puntos de vista cansaba.
Ahora, a mitad del ensayo, se han sentado todos a escuchar a otro integrante, un hombre mayor, de cara ancha y boca grande bajo el bigote, como su más famoso compatriota, Josef Stalin, que, con gruesa voz de bajo, intenta explicarles cómo se canta una canción de su Georgia natal. Todo él tiende hacia adelante en un esfuerzo pedagógico por que se entienda bien cómo debe pronunciarse cada sílaba. El georgiano, sin embargo, no sabe hablar francés —la lengua en que se comunica todo el mundo en ese lugar— y se expresa en un holandés aproximativo, por lo que deduces que es quizás un refugiado llegado no hace mucho e instalado en zona flamenca. Son palabras sueltas las que dice, cosas como “zacht” o “langzaam” que aún el francófono más férreamente opositor al bilingüismo obligado de Bruselas puede entender.

Surge, no obstante, del círculo en que se han sentado, haciendo contrapunto al georgiano, la voz del iraní que, con la impasible sapiencia de los antiguos persas e infinita benevolencia hacia ustedes, pobres ignorantes, traduce cada palabra al francés. Los belgas, como siempre, callan. Nadie dice lo que piensa. Ni siquiera para reír de lo absurdo de un iraní vertiendo al francés el escaso vocabulario holandés de un georgiano.

Cuando sales y caminas hacia la estación de metro, la rotación parece haberse detenido, quizás porque te invade el pensamiento constante que precede a la escritura. Aún no sabes con qué palabras decirlo, pero quieres dejar constancia del hecho porque eso, en tu limitada experiencia, es Bruselas.

Dulce

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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