Aeropuerto de Zaventem

aerodromo

Me he sentado en el escritorio y procuro no mirar a la abertura entre las cortinas que deja pasar la luz azulada. Mis manos crean sombras movedizas cuando abro el cuaderno por la primera página. No recuerdo cuando empecé a escribir y anoto a lápiz en una esquina la fecha del día que llegué el hotel, el siete de diciembre. Las líneas escritas no son rectas, sino ascendentes y a veces curvas. El cuaderno que encontré en el hotel tenía las hojas en blanco y siempre he sido incapaz de escribir derecho. Los que compré después están lineados. Mi escritura parecerá adulta y no la de un niño de diez años.

No sé si sorprenderme de que las primeras páginas del cuaderno describan el día que llegamos a Bruselas, hace siete años. No tengo consciencia de querer proscribir los previos treinta años de mi vida ante la que empezaba aquel noviembre de 2008. Supongo que debo aceptar la evidencia, ante lo que está escrito, de que aquellos años en Madrid y Londres no tienen relevancia en estos momentos. Ya sé que es injusto, que no sería quien soy si esos años no hubieran dejado sus rastros. Simplemente no tienen espacio para existir por ahora, ni siquiera sabría por dónde empezar. Incluso me cuesta reconocerme en ese hombre que viajaba en avión y cogía cariñosamente la mano de su mujer. Era la primera vez que Carlota volaba y tenía mucho miedo, un terror casi infantil que se desplegó sorprendiéndola a ella aún más que a mí. Las turbulencias que agitaron la cabina la obligaron a aferrarse a mi brazo.

– Pensarás que soy una tonta ¡Qué vergüenza! ¡Todo el mundo me mira!-me decía con voz temblorosa.

– No seas bobita, Carlota. Esto le pasa a mucha gente. Ya te acostumbrarás, ya verás-

Recuerdo con claridad su mirada agradecida. En aquel tiempo ella me escuchaba, mi voz tenía efecto sobre ella, cualquiera que fuese el asunto del que le hablara. Estábamos casados y supongo que eso me daba ciertas licencias que yo aprovechaba tanto como podía. Conseguía convencerla de que aceptara cualquier cosa que le propusiera, no sólo trivialidades, como la elección de un restaurante o un hotel para el fin de semana. Nuestro apartamento en Ciudad Lineal y el coche habían sido comprados en base a mis deseos casi exclusivamente. Evidentemente me convenía esa situación y disfrutaba de la tranquilidad de no discutir, si   presentaba el asunto a Carlota con los argumentos adecuados. Así es como trabajan los abogados y yo lo era entonces, muy bueno además. Conseguir que ella dejara su organizada vida en Madrid para venir a Bruselas fue una campaña que duró bastantes meses. Conseguí ganarla tras una negociación dura y ofreciendo promesas que no estaba seguro de poder cumplir. Era comprensible que Carlota tuviera reticencias para seguirme en una aventura que entonces no ofrecía demasiados alicientes. Aún ahora, después de tanto tiempo, me sorprendo de la seguridad de mi discurso, de la grandilocuencia de mis planes y del convencimiento sobre mi futuro éxito. Mi ego era tan enorme que no sé cómo el avión pudo despegar, cargado con semejante peso.

Llovía mucho en Bruselas aquel día de noviembre. Las gotas de agua cubrieron las ventanillas del avión tan pronto como atravesamos las nubes para aterrizar. Rodrigo nos había prevenido que esa era una de las características de la ciudad, apenas aliviada con nublados persistentes e igualmente desagradables durante muchos días del año. Pero la meteorología no me preocupaba entonces, igual que no me preocupa ahora. No era más que una minucia frente a la excitación que nuestra nueva vida nos iba a deparar.

– ¡Hola hermana! ¡Hola cuñado! ¡Bienvenidos a la capital de Europa!- nos gritó Rodrigo.

Mi cuñado nos esperaba en la zona de llegadas del aeropuerto, llena a rebosar. Nos abrió los brazos en un gesto teatral y Carlota corrió hacia él y le abrazó. Sin duda estaba contenta de encontrarse con un rostro conocido dentro de aquel mar humano que se movía en todas direcciones. Tenía los ojos enrojecidos cuando se volvió.

– Vamos hermanita, que no estamos tan lejos de Madrid. Sólo dos horitas y ya está.

Carlota dejó a su hermano y se abrazó a mí. No dije nada porque nada había que decir y la abracé mientras Rodrigo levantaba los ojos hacia arriba. Yo sabía que dejar Madrid era para ella un esfuerzo mucho más grande que el qué yo estaba haciendo. Creo que sólo en ese momento ella se dio cuenta de lo que había dejado atrás. Se habían acabado las comidas del domingo en casa de sus padres, que yo sobrellevaba con dificultad pero que ella adoraba. También las cenas de los jueves con sus amigos veterinarios, los fines de semana en la sierra con su hermana Elena y las vacaciones de Semana Santa esquiando en el Pirineo. Y sobre todo había renunciado a su trabajo. Su sueño de ser socia en la clínica veterinaria de su amiga Pilar se hizo realidad cuando su padre le prestó el dinero que le faltaba. Sólo lo disfrutó un año, el tiempo que me llevó convertir la posibilidad de vivir en Bruselas en algo tangible.

Entonces yo no supe apreciar su esfuerzo, que supongo fue un ejercicio de amor. Nunca le pregunté cómo se sentía, nosotros no hablábamos de esas cosas. La verdad es que no consigo recordar de qué hablábamos, aparte de organizar lo que fuera relevante en cada momento. Comprar dos lámparas para el dormitorio, ir al supermercado, organizar una cena para sus primos, ese tipo de cosas sin importancia pero que llenan el tiempo con la sensación de hacer algo. Además yo estaba demasiado ocupado en escapar de los tentáculos de mi padre y los problemas de su bufete agonizante. Simplemente no tenía tiempo ni coraje para pensar unos segundos en lo que Carlota estaba abandonando en Madrid. Mi técnica de entonces era simple. Ella había aceptado las condiciones y había decidido venirse conmigo. No había nada más de qué preocuparse.

– ¡Vámonos!- dijo Rodrigo.- Tengo el coche en el aparcamiento y os puedo llevar al apartamento. Comeremos algo antes.

El aparcamiento del aeropuerto de Zaventem no contribuyó a animar a Carlota. A mí también me impresionó desagradablemente. No sé por qué había asumido que el aeropuerto de una ciudad como Bruselas al menos tendría paredes. El viento helado y cortante que se colaba entre los coches me sorprendió. Carlota llevaba falda, medias de nylon y unos zapatos negros de tacón alto, claramente inadecuados. Mi abrigo de lana, que tan buenos servicios me ofrecía en Madrid, no era escudo para las flechas frías que sentía sobre la piel. No pude menos que envidiar el plumífero grueso que llevaba Rodrigo y sus guantes de cuero.

Cogimos la autopista de circunvalación en dirección al centro de Bruselas, la famosa “ring” por la que pronto aprenderíamos a circular en nuestro propio coche. Ya estaba siendo importado y lo tendríamos con nosotros en un par de semanas. El viaje hacia el centro fue lento, pero a eso estábamos acostumbrados. Los embotellamientos son desesperantes en cualquier lugar.

No recuerdo mucho más de aquel día, aparte de las gotas de agua deslizándose por las ventanillas del coche y las palabras de Rodrigo sobre el apartamento. Se encontraba en la plaza de Meeûs” y lo podíamos alquilar por semanas. Estaba muy bien situado, según Rodrigo, y próximo a mi lugar de trabajo en “Rue de la Science”.

– Es muy bonito y totalmente amueblado – nos dijo-. Tiene un dormitorio con baño y un cuarto de estar. Os he comprado unas cuantas cosas de comer y hay leche en el frigorífico.

– Gracias por ocuparte, Rodrigo – le contesté.

– La plaza “Leopold” está a dos pasos y hay un montón de bares. Nos divertiremos- prosiguió mientras me guiñaba un ojo.

Recuerdo sentir la tristeza de Carlota sobre mi espalda, una caricia con la frialdad de la niebla. La ignoré. No me volví para decirle que no se preocupara, que todo iría bien, que la vida en Bruselas sería igual de bonita que en Madrid.

Entonces no me atrevía a mentirle con tal desvergüenza.

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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