Nadie sabe lo que puede un cuerpo

Photo by Jonathan Eden-Drummond

Una frente bombé, lisa, infantil o de persona muy joven, apoyándose contra la mía, rodando sobre ella de lado a lado como una caricia. Una frente suave, morena, y una cara que se separa de la mía para que pueda verla. Es un niño negro que no conozco. Un niño cuyos rasgos se desdibujan apenas intento retenerlos o procuro desentrañar su identidad en medio de las imágenes borrosas del sueño. Luego, sobre su frente, se posa una pieza de plástico duro perfectamente moldeada para adaptarse a ella, algo así como una armadura o máscara hecha de Lego. Y enseguida otras piezas que van cubriendo el rostro hasta que ya no lo veo. Es todo lo que queda del sueño cuando después de largos minutos tratando en vano de recuperarlo, decido levantarme. Y entonces reaparece el placentero contacto con la frente.

Será que anoche me dormí pensando en aquella idea de Spinoza que, palabras más palabras menos, se podría expresar así: Nadie sabe lo que puede un cuerpo. En el siglo XVII, en que se suponía que todo impulso o decisión provenía del alma, aquello era revolucionario. Pero lo interesante es que esa frase nos sigue interpelando ahora a nosotros. A nosotros, que hemos atravesado el idealismo, el positivismo, el materialismo, el existencialismo, etc. etc. y andamos sumergidos en un improbable guiso hecho con los restos rancios de aquellas corrientes y algunas más, cocidos a fuego lento en caldo neoliberal, que algunos han dado en llamar postmodernismo, pospostmodernismo u otras inciertas denominaciones.

Y es que aún hoy, más allá de los innumerables avances científicos y tecnológicos, que los actuales adeptos del positivismo del siglo XIX aplauden, como si la confianza ilimitada en el progreso fuera una novedad, aún hoy desconocemos el poder que tienen nuestros cuerpos, lo que nos provoca la lisa y llana presencia física de alguien, un ser de carne y hueso que está en un espacio al mismo tiempo que nosotros.

No estoy hablando ni de tacto ni tan siquiera de intercambios verbales, sino de la mera presencia de otro ser humano (¿o ser vivo?) compartiendo un rato conmigo en un lugar. Parece banal pero no lo es. Podríamos suponer que la comunicación telefónica y, con mayor razón, mediante una pantalla que permite ver al interlocutor, suple, hasta con creces, la necesidad de compañía.

Al menos a mí, la cuarentena me ha venido a probar todo lo contrario. Tenemos cinco sentidos, seis si contamos la propiocepción. Los medios de comunicación de que disponemos solo permiten ejercer la vista y el oído. Esa limitación tiene sin duda repercusiones significativas en nuestro modo de percibir e interactuar.

Sé que no faltará quién, al leer este último párrafo, traerá a colación los beneficios de la realidad virtual o de esos robots tan perfectos que no los distinguimos de los seres vivos -me adelanto porque conozco a mis contemporáneos como si los hubiese parido- y, siguiendo un razonamiento digno de un espíritu positivista de 1880, alegará que gracias a los progresos tecnológicos en un futuro no muy lejano dispondremos de maneras de vivir aislados imaginando que no lo estamos, tan perfectos serán en unos años -acaso cuando una nueva pandemia nos obligue otra vez a permanecer en cuarentena- los medios que imiten la presencia humana.

Y aun así seguiremos sin saber el poder que tiene un cuerpo. Creyendo imitarnos, nuevos doctores Frankenstein, habremos perdido el misterio, que es la clave de acceso al ser único que somos cada uno de los nacidos en esta Tierra.

En estas largas semanas de confinamiento la emoción (sumada a la evocación o a la fantasía) me ha llevado más de una vez a creer que había estado de verdad con esas personas de la videoconferencia. Ha sido el contraste, ahora que ha empezado el desconfinamiento, con la experiencia de estar con seres de carne y hueso que me ha hecho patente la diferencia. No, no es lo mismo ver a alguien a través de una pantalla que en vivo y en directo.

Quizás -ojalá- estemos empezando a sentir, a darnos cuenta, lo que puede un cuerpo. El poder de la presencia de una cierta persona, y no otra cualquiera, cuando la vemos y compartimos con ella un rato el mismo espacio. Una alumna siria, con quien mantenemos contacto esporádico en un grupo de WhatsApp, me escribe que me extraña. No me extraña que me extrañe. Yo también a ella. Y a muchos otros.

Dulce

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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