Despojo

Photo by Jonathan Eden-Drummond

Se desliza el móvil de mi mano y siento que aún lo puedo retener, que si aprieto su contorno lo suficiente no se va a ir. Confío en mis reflejos un segundo. Imagino que alguien – ¿mi marido que está frente a mí? Pero no es su mano…- me está gastando una broma, o que el desequilibro que suele acompañarme se ha puesto en movimiento y quizá el teléfono se va a caer.

Demoro en darme cuenta de lo que pasa. Una mano ajena, que ha venido por detrás, me está sustrayendo el móvil, me lo quita, me lo está robando. Se ha abierto la puerta del tranvía justo ahora porque hemos llegado a la parada, y una silueta ágil y delgada sale corriendo a toda velocidad. La veo meterse en la oscuridad de un túnel y empequeñecer sin que ni mis brazos ni mis piernas logren reaccionar.

Cuando por fin siento que ya no tengo el objeto en mis manos y me doy cuenta de que me han despojado de él para siempre, la rabia llena mi cuerpo por completo pero todavía no sabe cómo salir. Soy una vieja caldera que tiembla cuando la encienden a toda marcha. Me sacude la ira. Hasta que se abre la boca y salen los insultos, y la gente alrededor grita también y opina sobre la violencia del acto y el aspecto del ladrón.

Pero nada me devuelve el teléfono ni menos aún la serenidad previa. Ni la solidaridad de los pasajeros y el conductor, ni la policía a la que hemos llamado, ni siquiera el abrazo de mi marido. No es la pérdida del objeto lo que duele, sino el despojo. Y la treta. El no haber sabido preservarme del engaño. ¿Acaso alguna vez hemos sabido hacerlo?

Como un eco, surge una retahíla de despojos y, coronándolo todo, el que más me avergüenza. Un niño le pide prestada a mi hijo, también un niño entonces, su bicicleta. Él duda. Estamos en un parque. En nombre de la solidaridad, lo incito a que se la preste. El niño desconocido sube a la bicicleta y lo vemos alejarse, cada vez más pequeño en los confines del parque. Nunca vuelve. Aún siento al revivirlo la misma vergüenza de no haber sabido preservarnos, no tanto a mí sino sobre todo a mi hijo, del engaño. Gesto imperdonable, nos despojó para siempre de la inocencia.

Dulce

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