La Tierra de Nunca Jamás (2)

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Photo by Gabriela Cropper

Las dos maletas estaban allí, delante de la puerta. Me pedían que me levantara y las llevara al aeropuerto, que era tiempo de dejar todo atrás y empezar a vivir junto a Adriana. Les pedí paciencia y seguí con los ojos cerrados, arropado bajo el peso blando del edredón.  Debía  de ser muy pronto en  la madrugada pero me sentía tan alerta como si fuese mediodía. Me pregunté si Adriana también estaría despierta, pero decidí no averiguarlo y dejarla descansar, porque nos esperaban días llenos de sorpresas e incertidumbres. No sentía ninguna preocupación al respecto y dejé que mis pensamientos fluyeran hacia  lo ocurriría en esa Tierra de Nunca Jamás que pronto descubriríamos. Imaginé una  casa de madera clara, la nuestra, de dos pisos y  con la puerta protegida por un gran porche. O quizás estaría construida en piedra gris y bajo un tejado de resistente pizarra negra  para aguantar lluvias y nevadas. Tal vez se encontraría cerca de un bosque de robles y hayas o en medio de una pradera de hierba ondulando bajo la brisa. Podría brillar el  sol, entornado por unas pocas nubes o la nieve se abriría profunda bajo el peso de nuestras pisadas. Mi ensueño se mezclaba con la respiración tranquila de Adriana y los ruidos nocturnos que invadían el apartamento como invitados inesperados. No pude evitar sonreír y me dije que solo teníamos que aguardar un poco más  para encontrar ese lugar  donde todo empezaría. Allí no importaría que Adriana no  supiera quien era y no recordara ni siquiera la fecha de su cumpleaños.

– Pues lo celebraremos el mismo día que el mío, el 15 de septiembre ¿Qué te parece?-

Fue lo  único que se me ocurrió decirle cuando me habló por primera vez de su llegada a Bruselas con la mente vacía, un pasaporte falso y cargando una maleta llena de ropa con las etiquetas puestas. Ocurrió el día de navidad, mientras comíamos los restos que quedaban de la barbacoa.

– Será algo transitorio y tu memoria volverá  poco a poco – le dije para intentar animarla.

Adriana no parecía muy segura de mis palabras pero tampoco me contradecía. Supuse que el vacío en su mente la protegía de aquello tan horrible que la había marcado para siempre  con las profundas cicatrices que recorrían su cuerpo.  Ella había intentado alejarme de ellas, bien apagando la luz antes de desvestirse o retirando mis manos dulcemente si me acercaba demasiado.  Hasta que una noche me dejó libre y acaricié  un surco en su muslo que latía bajo mis dedos temblorosos como un corazón desplazado. En el calor tibio de aquella cama estrecha percibí el dolor de Adriana como si fuera mío. En ese momento algo  fluyó de esas heridas suturadas y nos envolvió como una atmósfera que solo nosotros podíamos respirar. Nuestras debilidades, las visibles y las invisibles, se  encajaron como las piezas de un rompecabezas y produjeron algo que dio a nuestra improbable pareja la fuerza para enfrentarse al incierto destino que nos esperaba.  Finalmente, tras muchas vacilaciones, habíamos conseguido elaborar un plan de escapada tan loco que me daban escalofríos solo de pensar en él.

Los días después de la barbacoa de nochebuena habían sido un delicioso paréntesis hasta que el hombre que nos perseguía se concretó en una realidad desagradable. Adriana notó la presencia regular de coches y personas que no pertenecían al barrio, sin duda preparándose para recuperar el sobre marrón con las fotografías de los hombres acompañados de adolescentes. Las habíamos  mirado y remirado muchas veces, intentando determinar si había alguna información oculta que pudiera ser más importante que los encuentros sexuales, pero no encontramos nada. Deshacerse del sobre de la forma más simple posible para alejar a nuestros perseguidores se convirtió en una prioridad. Primero pensamos  en mandárselo a algún periodista, pero no conocíamos a ninguno y  además necesitarían tiempo para la investigación y nosotros no lo teníamos.

– Podemos dárselo a la policía anónimamente…-  sugerí.

-Ya. ¿Y crees que eso nos salvaría? – me había respondido Adriana, un poco enfadada por mi ingenuidad – Somos testigos. Hemos visto las fotografías aunque no sepamos quienes son esas personas. Además el tipo que nos sigue es policía también.

Me pregunté cómo ella sabía eso, pero no indagué más sobre el asunto porque supuse que tenía que ver con comportamientos aprendidos durante su vida olvidada. Sin duda Adriana había sufrido situaciones parecidas  y los mecanismos de acción y reacción seguían presentes en su cerebro. No había razón para no confiar en ella, cuando hasta ahora no se había equivocado y habíamos sobrevivido sin mayores percances. Sin embargo los días pasaban y no conseguíamos ponernos de acuerdo. Me cansaba de que nuestras numerosas conversaciones no nos llevaran a nada y el sobre seguía en su escondite, tras un armario de la cocina, pegado a nuestras vidas como una rémora venenosa y paralizando cualquier esperanza de hacer algo más que esperar.

-¿Y si no hiciéramos nada?- le dije a Adriana una mañana, mientras tomaba un café  mirando por la ventana. Un coche de color verde había aparcado en doble fila delante del portal con ambos intermitentes en marcha. No podía ver al conductor y nadie entraba ni salía.

-¿No hacer nada? No entiendo – me contestó ella.

– Pues dejamos el sobre aquí, encima de la mesa, bien expuesto para que lo encuentre el policía ese y nosotros nos escapamos a algún lugar lejos, a una Tierra de Nunca Jamás que vamos a encontrar. No somos héroes, no queremos la gloria del  triunfo de la justicia ni salvar al mundo de esos hombres de las fotografías. Solo somos unos seres perdidos que buscamos un lugar para desaparecer sin seguir a ningún líder. Ese hombre nos dejará en paz durante un tiempo una vez que tenga  el sobre. No sabemos qué pasará después,  pero prefiero no quedarme aquí,  esperando como un conejo a que llegue el cazador sin siquiera intentar escaparme.

No sé qué impulsó esa idea, quizás la hostilidad que percibí en aquel coche verde aparcado con las luces de emergencia encendidas. Al final se tornó en nada, porque al cabo de unos minutos una mujer entró por la puerta trasera con un bebé en brazos y el coche se marchó. Pero algo se había desencadenado, forzándome en una dirección que nunca imaginé podría seguir. Adriana me miraba intrigada y leí en sus ojos lo que ya sabía,  que nuestro perseguidor no quería solamente el sobre, sino todo lo  que pudiera arrebatarnos.

– Ya sé que no será fácil pero podemos intentarlo – le dije animadamente mientras la abrazaba –  Si ese hombre y sus amigos quieren perseguirnos hasta la Tierra de Nunca Jamás, pues le deseo buena suerte. Veremos si nos encuentran.

Adriana no dijo nada pero su sonrisa me dijo que estaba de acuerdo conmigo. Por primera vez sentimos que podíamos hacer algo y tomar la delantera a nuestros perseguidores haciendo algo  inesperado. Dejaríamos rastros de nuestra escapada pero podríamos borrarlos porque Adriana sabía cómo hacerlo. El dinero no sería un problema, porque yo tenía varias cuentas ocultas a unos cuantos clics secretos de mi  ordenador. Poco a poco nuestro plan cogió forma y los preparativos fueron muy simples porque la improvisación formaba la parte principal de todo el engranaje.

****

El despertador no había sonado porque todavía no eran las 4.30,  pero algo me dijo que debíamos empezar el viaje antes de lo  previsto. Me incliné sobre Adriana y hundí mi rostro en su pelo.

– Adriana, despiértate. Es hora de irnos – le dije en un susurro.

Ella se sentó a mi lado inmediatamente y me abrazó en silencio. Tuve la impresión de que me había estaba esperando. Nos  levantamos a oscuras y nos vestimos rápidamente. No cogimos las maletas, que se quedarían  junto al sobre en el apartamento como un  regalo absurdo para quienes vinieran a buscarnos. Contenían de todo aquello que dejábamos atrás, mis cuadernos de tapa dura escritos en el hotel, la ropa que vino con Adriana de Argentina, las llaves de mi apartamento en Waterloo, que había vendido hacía unos días, nuestros teléfonos móviles totalmente borrados… Solo cogimos dos pequeñas bolsas que nos podíamos colgar en bandolera,  con  mi ordenador, algo de ropa interior y artículos aseo.  Salimos al descansillo y subimos silenciosamente las escaleras hasta llegar a la puerta de acceso a la azotea. Un aire helador nos alcanzó cuando la abrimos y salimos a la noche sin estrellas. Esperamos unos segundos a que nuestros ojos se acostumbraran a la oscuridad, aunque conocíamos de memoria el camino hacia el murete que separaba nuestra azotea de la del edificio adyacente. Lo remontamos sin dificultad y seguimos andando hacia un segundo murete, un poco más alto, que también saltamos. Esperamos unos segundos antes de empezar a cruzar la azotea de este  tercer edificio, que era muy extensa. Todo estaba en silencio y nada se movía, aparte de los flecos de mi bufanda agitados por el viento.  Entonces Adriana me cogió la mano y corrimos hacía unas cajas de madera apiladas en torno al pie de una enorme chimenea. Las removimos cuidadosamente y abrimos la puerta que estaba oculta detrás. Las escaleras del edificio se ofrecieron ante nosotros como una perfecta vía de escape. En pocos minutos estábamos en la calle, varios portales más lejos del edificio del apartamento de Adriana. Inmediatamente nos pusimos de camino al canal, pegados a los muros de las casas para aprovechar la oscuridad como gatos asustados . Adriana iba delante y yo la seguía. Nadie nos importunó cuando llegamos al coche. Adriana  lo había estado observando desde hacía días. Sabía que el propietario apenas lo utilizaba y además era un coche viejo, cuya cerradura no pudo resistirse a su destreza con un cuchillo.

– Esto es lo que hacen los ladrones – le dije en un susurro mientras nos sentábamos en los asientos desvencijados. El interior olía desagradablemente a moho y tabaco y vasos de papel sucios se acumulaban a mis pies.

– Y esto también – me dijo mientras sacaba unos cables de debajo del salpicadero y tras manipularlos unos segundos, conseguía poner el coche en marcha – Ya ves, otra de  mis cualidades desconocidas – me dijo con una  sonrisa triunfante, tan contagiosa que solté una carcajada contenida.

La carretera desierta se abrió delante de nosotros y llegamos al aeropuerto en apenas media hora.  Dejamos el coche en el aparcamiento con un tique para tres días. Después cogimos el ascensor y subimos a la gran terminal de salidas. Los mostradores ya tenían filas de viajeros adormilados aunque sólo eran las cinco menos cuarto de la mañana. Nos colocamos delante del gran tablero que mostraba los vuelos que salían de Bruselas esa mañana tan fría de enero. Los destinos cubrían los cinco continentes y sin duda encontraríamos algunos billetes disponibles por cancelaciones del último minuto.

– Bueno, Adriana. Dime ¿dónde crees tú que está la Tierra de Nunca Jamás?- le dije sonriendo.

Me miró con ojos chispeantes y me cogió del brazo amorosamente.

– Pues empieza tú. Te dejo elegir dos países y luego elijo yo – me dijo al oído.

FIN

 

 

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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