La línea

(Dedicado a todos lo que arriesgan sus vidas cruzando líneas)

Una chica muy pálida, de ojos claros y mirada temerosa, está de pie en una orilla con un niño en brazos. Todo es oscuridad a su alrededor excepto por una fina línea de luz que, surgida a sus pies, cruza sobre el fondo incierto de un foso o un abismo, cuyo retumbar de olas llega hasta ella amenazante, y se aleja hacia el horizonte señalando lo que parece ser el único camino posible. Con sumo cuidado, la chica levanta una pierna, estira el pie descalzo y lo apoya sobre la línea. El otro pie todavía está en lo que se da en llamar tierra firme, aunque por experiencia sepamos que no siempre lo es, ya que puede tragarnos. Empujada quizás por ese miedo, la chica lo alza también y lo apoya unos centímetros más adelante

La línea es estrecha, apenas un trazo en la penumbra, y resulta inconcebible que pueda sostener un cuerpo por encima de esa hondura negra como boca de lobo, aún uno tan delgado como el de la chica que -no olvidemos- lleva además un recién nacido. Movida, sin embargo, por una necesidad de huir más poderosa que el vértigo de atravesar el vacío, sigue avanzando por la cuerda floja, un paso tras otro. No sabe dónde está ni qué hay del otro lado, pero sigue, el bebé bien ajustado entre el pecho y los brazos, la vista al frente para no perder el equilibrio.

Drawing by Adriana Buitrago

No sabe cuánto tiempo ni distancia han transcurrido cuando surge, al otro extremo de la línea, una mancha clara. Su primer instinto es retroceder, volver a la tierra que quería tragársela, pero echa un vistazo hacia atrás, a riesgo de perder pie, y con estupor descubre que, por donde ha pasado, la línea ha ido borrándose. Se queda muy quieta, la mirada atenta a la mancha que parece agrandarse delante de ella. Bajo sus pies, la negrura se extiende inmensa como el espacio interestelar.
Piensa en meter el niño bajo su ropa para liberar los brazos y avanzar colgada de la línea sujetándose con las manos para pasar desapercibida ante la silueta que viene acercándosele, pero teme caerse en la maniobra.

Como si pudiera servirle de escapatoria en esa parte del mundo donde no se ve nada, cierra los ojos y se deja guiar por el contacto de las plantas de los pies con la línea. Así anda un trecho. Pero llega un momento en que la mancha, que ha seguido avanzando en sentido contrario, toca el mismo punto en que está ella. Aterrorizado, su cuerpo se hace el muerto y entonces el otro, como una topadora, la empuja. Queriendo recuperar el equilibrio, ella abre sin querer los brazos y se le cae el hijo.

Mientras el hocico gigante sigue su camino hacia la orilla donde la tierra te traga, la chica salta a la oscuridad, atrapa el cuerpecito que, de tan ligero, el aire ha sostenido y juntos caen. Dicen que en el fondo hay una jungla mullida donde viven todos los que en la noche huyen.

Drawing by Adriana Buitrago

Dulce

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Seven Writers. Three Languages. One City.
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