El pacto

Photo by Jonathan Eden-Drummond

1.
Oyes los tambores de fondo. Agazapados bajo las hojas glaucas del verano, marcan el ritmo apremiante del deseo. Resuenan constantes desde los rincones más recónditos de la siesta. Palmas que golpean pieles tirantes a cuyo pulso avanzas por veredas apenas visibles entre la espesura. Tu paso de gacela sigue la pista de una vibración grave que te va atrayendo despacio pero inexorable como el macho a la hembra. Caes. En la trampa tendida como una cama al acecho. Y al cabo de nueve meses pares un hijo que presentas a tu madre.
Es no conocerla. Es prueba de estulticia infinita.
A media mañana se oscurece el cielo. En lo alto de un monte surge una mujer como una Furia. Desmelenada, los ojos orlados de pintura negra. Trae en una mano, colgando de los pies como de las orejas un conejo que acabara de cazar, un recién nacido que berrea un berrido desgarrador que taladra el aire. Ante ella te arrodillas implorando clemencia: “no lo mates, madre, que es mi hijo”. “Un hijo de mi hija es hijo mío. Soy yo quien dispongo de su vida,” alza el puñal la furibunda y de un tajo corta el berrido.

2.
La madre:
Todo lo que yo no sea, no lo serás tú tampoco. Desear un cuerpo ajeno, un cuerpo que no haya sido consagrado como propio por la sacrosanta institución del matrimonio, es prueba de debilidad. Y la debilidad se castiga. Con sangre. Con la muerte. El sacrificio de un inocente. Porque la muerte del hijo es en parte la muerte de la madre.
El sufrimiento que sientes lo mereces. Por no haber respetado la regla básica que no está escrita en ningún código pero toda mujer debe conocer: No superarás a tu progenitora. Si tu madre no pudo disfrutar de un cuerpo ajeno, tú tampoco, perra. Una mujer no debe nunca comportarse como una arrastrada. Puedes casarte sin deseo. Pero nunca desear sin casarte.
Tu deseo y el fruto de tu cuerpo es una vergüenza para nuestra estirpe y, como tal, debe ser erradicado.
Las hijas:
Sí, madre. Sí, madre. Sí, madre. Todo lo que digas es sagrado. Nunca cuestionaremos tus decisiones ni tu palabra. Hay que acatar el mandato materno a toda hora y para siempre.

3.
Al principio las mujeres eran tres: una madre y sus dos hijas. El único varón en su vida era el padre, un buen hombre de perfil desdibujado y algo ausente.
La madre era el centro del hogar. Irradiaba con su presencia todos y cada uno de los aspectos de la vida diaria, desde los platos elaborados con minucia cada mediodía y cada noche, hasta el ruedo de los vestidos nuevos, desde las blusitas cortadas a la última moda de los figurines hasta los escones de la tarde y las confidencias a la hora de acostarse.
Las confidencias pueden ser un arma temible. Confidencia tiene la misma raíz que confianza. Quien hace una confidencia siente una confianza absoluta en quien la escucha, tanto más cuanto la confidente es la madre y le ha hecho a su vez confidencias. ¿Cómo desconfiar de una madre cariñosa que te prepara cada día la comida más deliciosa, te cose los botones y los dobladillos, te plancha la ropa y te consuela cuando lloras?

4.
Aquí se superponen dos confidencias, una de la madre y otra de la hija menor, dos confidencias con un núcleo en común, variaciones de un mismo tema. El deseo. La debilidad que consiste en desear a un hombre que no es tu marido.
La mujer, la misma con los ojos orlados de negro, la madre que colma de pequeños placeres a sus hijas, las llama y les dice: “Tengo que contarles un secreto”. Un hombre ha vuelto del pasado, un hombre que desea con locura. La carne es débil. “Pero no deben nunca decírselo a su padre.”
Las hijas son jóvenes e inocentes, más apegadas a la madre que al progenitor. Si están conmocionadas, no lo dicen. Aceptan.
Quiere el destino que muy poco tiempo después la hija menor se salga del camino trazado una vez más y quede embarazada. Va llorando a la madre. Se deshace en llanto cuando arrodillada reclina la cabeza en la falda materna. Sentada en su trono, la madre acaricia el pelo de la joven que espera aterrada la sentencia. “Parirás, pero como yo quiera.”
La hija se levanta agradecida y abraza tiernamente a la madre.

5.
La madre:
Haremos un pacto. Yo guardaré tu secreto. Tú guardarás el mío. Tu hermana será testigo. No le contarás a nadie de mi hombre. No le contaré a nadie de tu vientre. Te casarás. Ocultaremos al recién nacido hasta que sea tiempo.
La hija asiente con la docilidad extrema que han hecho crecer en ella el terror de volver a perder a un hijo y una gratitud sin medida con la madre por su disposición a perdonarla y aceptarla de nuevo en el seno familiar. Tan grandes son el miedo y el alivio por el amor recobrado, que no pone condiciones.
La hija:
Sí, madre. Sí, madre. Sí, madre. Jamás revelaré nuestros secretos. Te lo juro por mi vida y la que llevo dentro. Seré leal hasta la muerte.

6.
Con sangre se selló ese pacto. La sangre vertida del primogénito inocente. La sangre que corría por las venas del segundo hijo. A la sazón, una niña. Se alegró la abuela. Pues, ya se sabe, una niña es por naturaleza sumisa.
La madre:
No hablarás a nadie de tu parto. No saldrás de aquí hasta que yo te diga. Solo tu hermana o yo vendremos a verte.
La hija:
¿Y el padre de mi hija?
La madre:
Solo podrá venir cuando yo disponga.
La hija:
Sí, madre. Sí, madre. Sí, madre.

7.
Cuarenta días encerrada, mirando por la misma ventana el edificio de enfrente. Cuarenta días sola con su hija. Sobresaltándose ante el más mínimo ruido -un crujido inhabitual, el tintineo de una llave, un golpe en la puerta- que indicara la llegada de la madre o la hermana con comida o noticias de afuera.
No había televisión ni tocadiscos. Solo una radio y un teléfono que le rompía los nervios con su imprevisible estrépito que despertaba a la niña justo cuando acababa de quedarse dormida.
Cuarenta días. Un mes y diez días, en que la vida transcurría afuera sin ellas. Cuarenta días, como la cuarentena exigida a los recién llegados con una enfermedad contagiosa y desconocida. Como los cuarenta días de Jesús en el desierto padeciendo todo tipo de tentaciones y carencias.
Pero si los días eran interminables, lo eran aún más las noches con el corazón oprimido velando el sueño de la recién nacida. La misma pesadilla del pasado volvía cada madrugada: la madre hecha una Furia, los ojos orlados de negro, llevando de los pies a un bebé, que ahora tenía los rasgos de su hija, hasta la cumbre de una montaña. Cuando la madre alzaba el puñal para clavarlo en el cuerpecito, ella se despertaba gritando: ¡No! Y la niña lloraba. Entonces ella se precipitaba sobre la cuna para comprobar que seguía viva, que esta vez la madre no había podido cortar el cordón que la unía a ella. ¿Pero hasta cuándo?

8.
Cuarenta días. Eso había dicho la madre. Nadie debía saber que había parido hasta que no pasaran nueve meses desde la boda.
Casi todas las tardes venían de visita. La madre acompañada por el hombre de su pasado, el del secreto. Traían masitas para el té, se reían entre ellos. La trataban como a la convaleciente de una larga enfermedad que había estado a punto de matarla y de la que por milagro se iba recuperando. Con el cariño magnánimo del que, ejerciendo un alto cargo, otorga una merced a un prisionero.
Si la niña estaba despierta, la abuela se deshacía en ternuras y quería tenerla en brazos. Si dormía, aprovechaban para hablar de cosas serias. El hombre del secreto era abogado. Por lealtad a su amada, para protegerlas de maledicencias a ella, su hija y su nieta, podía hacer uso de influencias para falsificar los documentos que fuera necesario. Trajo un día unos papeles que le dieron a firmar a la joven madre y con ellos concluyeron el pacto:
Nunca nadie debía saber que la niña había nacido el día en que había nacido. Iba en ello el honor de la casa. Nunca nadie debía saber que a las mujeres de esa familia les gustaban hombres con los que no estaban casadas. Porque si se sospechara que la joven estaba embarazada antes de casarse, bien podría también sospecharse que la madre de la joven era adúltera.
Por supuesto, esto último la dama y el abogado se guardaron muy bien de decirlo. Quizá ni siquiera lo pensaron. Pero cualquiera sabe que es más fácil que la sociedad perdone una relación prematrimonial con el futuro marido que un engaño con otro, así sea en nombre del amor. Por eso, fue ante todo en interés de los amantes que cubrieron aquel nacimiento con un manto.

9.
La mantilla blanca, de lana, para cuando salga la niña por primera vez a la calle. Y un cochecito. Había que tener todo listo para cuando llegara el día.
Mientras tanto, el despejado azul otoñal se había ido convirtiendo en un nublado gris de invierno del otro lado de la ventana. La gente que pasaba por la calle sin sospechar lo que sucedía adentro, había guardado en sus placares la ropa ligera de media estación y llevaba ahora oscuros sobretodos o tapados, bufandas, sombreros y guantes.
En la soledad inmensa del departamento silencioso, los días transcurrían unos iguales a los otros, al ritmo de las visitas intempestivas y el llanto de la niña. A veces la llevaba con ella a la ventana, la apretaba fuerte contra su pecho y le acariciaba la cabeza mientras le contaba la pena de sentirse abandonada por las personas a quienes más quería. Excepto la niña, claro, apéndice y continuidad de ella misma, pegada a su cuerpo, amarradas ambas al mástil de un barco a la deriva por esas aguas desoladas en que se había convertido la vida.
Era tan distinto lo que había soñado. Un nido de amor para su hombre y su hija. La alegría de compartir con la familia el nacimiento. “Es lo mismo,” le había querido quitar de un gesto displicente la preocupación la madre. “Lo mismo, solo que cuarenta días después. Nadie se dará cuenta.”
Quizás estuviera en lo cierto. Pero la postergación la extenuaba. Todos esos días vacíos. ¿Y cómo habían explicado ante los otros su desaparición? “Nadie preguntará nada,” había zanjado la madre. Pero ella no podía evitar imaginarse a su suegra y sus hermanas interrogándola en la cocina. “Y si por acaso te preguntan, les dices que te sentías mal y por eso quisiste quedarte con tu mamá.” ¿Cómo? Ella sabía que no sabía mentir.
Para no pensar en lo que pasaría cuando por fin presentaran a la niña en sociedad, se le iban las horas en hacer listas de lo que necesitaría el día tan esperado. La mantilla, el cochecito, los pañales, una camisetita de frisa, un enterito abrigado, un gorro de lana, escarpines, sabanitas almidonadas, … Y para ella, el vestido azul, el tapado que le había hecho la modista, un nuevo par de medias que no se hubieran corrido y los zapatos que le trajo la madre ayer.
Alguna vez venía el novio de visita. Bueno, el marido. Aún no se acostumbraba a llamarlo así. Se ponía tan feliz al verlo llegar. Pero apenas ella lloriqueaba por la tremenda angustia que llevaba cargando desde hacía meses, él invalidaba sus razones. Al fin y al cabo, era él quien estudiaba y trabajaba y estaba soportando toda la presión, mientras que a ella solo le tocaba esperar. Que no se quejara, que no llorara. Tenía que estar contenta de tener una hija sana y un marido que la quería.
Para evitar más tensiones, ella se callaba. Pero a veces no podía contenerse y lo insultaba llorando como una magdalena. Entonces él se enfurecía y se iba sin despedirse. Ella se quedaba más sola que nunca.

10.
Llegó por fin el día tan esperado. Vinieron a buscarla en auto. La madre y el abogado. Plegaron el cochecito y lo metieron en el baúl. Ella iba atrás, con la niña en brazos. Miraba las calles por las que pasaban con la sed de un expedicionario que se hubiera perdido en el desierto y ahora volviera a la civilización, tras una travesía interminable.
El abogado las llevó a destino y desapareció. Ellas subieron en ascensor al departamento donde las esperaba la familia. Dijeron que habían venido en taxi, aunque a nadie le importó. Lo que todos querían era ver a la recién nacida.
“¡Qué preciosidad!” “¡Qué linda!” “¡Qué grande!” “¡Qué mirada tan viva! Seguro que va a ser inteligente,” se arremolinaban abuelos, tíos y parientes en torno a la beba que, desacostumbrada al bullicio, se echó a llorar desesperada.

11.
Todo sucedió como si aquel día de presentación en sociedad fuera el del nacimiento. O casi. Como si la madre que presentaba a la hija acabara de parirla. Como si los cuarenta días previos, transcurridos entre las paredes del departamento como continuidad cúbica del útero, nunca hubieran existido. Borrados con un toque de la varita mágica del abogado, dispuesto a lo que fuera para salvaguardar el honor de su dama de corazones.
Y, al parecer, todos los presentes cayeron en la trampa o, al menos, les siguieron el juego. ¿Acaso existe lo que no se ve, lo que nadie sabe? Si la madre decía que acababa de dar a luz, y las personas respetables que eran su señora madre, su hermana y su marido lo atestiguaban y habían dejado constancia en un papel, ¿quién iba a cuestionarlo? Aunque para un observador atento pudiera ser evidente que esa beba no era una recién nacida, el abogado y su dama sabían -y montaron su ardid confiando en ello- que se cree más en la interpretación de los hechos que otros nos dan, que en lo que nosotros mismos percibimos.
De modo que los testigos fueron, sin saberlo, ya sea por falta de sensibilidad o de confianza en la propia percepción, cómplices del secreto que se había tejido en torno a la recién nacida y lo siguieron sosteniendo a lo largo de toda su vida.
No contaban con la memoria del cuerpo.

12.
¿Existe lo que nunca nadie ha visto? Y si las pocas personas que lo saben mueren, ¿aquello que se ha ocultado desaparece? Es lo que quisieran los que creen en la insensibilidad total de un niño, los que se complacen en manipular la información para que no veamos lo que está delante de nuestras narices. ¿Por qué caemos en la vieja trampa de desconfiar de nuestras propias sensaciones y creer lo que viene a contarnos una voz ajena a la que cargamos de autoridad?
La hija de la dama furiosa, la madre de la criatura escondida, había querido creer en el olvido. Sin embargo, alguna vez, cuando estaba mirándola, no podía evitar ver, en un algo que no habría sabido identificar, un reflejo del cautiverio compartido aquellos primeros cuarenta días de vida. Algo sutil en la inestabilidad de sus pasos o sus palabras que la preocupaban, pero no al punto de decidirse a revelarle la verdad. Porque le había jurado lealtad a la madre, lealtad hasta la muerte, y en el fondo pensaba que todo aquello quizás no fuera sino imaginación suya, fruto de su inquietud.
Ni siquiera cuando la hija tuvo ausencias a la misma edad en que la madre la había concebido, o se ausentó luego definitivamente del lugar de nacimiento, ni siquiera cuando murió casi al dar a luz a su primer hijo, quiso la madre, ni nadie de su entorno, relacionarlo con aquellos cuarenta días de travesía del desierto.
Porque nadie creía en la memoria del cuerpo. Y no vemos con los ojos sino por medio de lo que creemos ver.

13.
La hija escondida ya era adulta cuando, a la muerte del abogado, se enteró de su existencia y de la historia de amor secreta con la madre de su madre. A pesar de que podría suponerse que su desaparición volvía obsoleto el pacto, nadie juzgó conveniente revelarle la verdad a la hija. Ni su madre ni su abuela, que siguió viviendo aún muchos años, cada vez más perdida entre retazos sueltos de recuerdos.
La hija escondida ya tenía hijos y vivía en un lejano país cuando la abuela murió. Pero tampoco entonces nadie juzgó necesario contarle la verdad. Pensaban quizás que la protegían. Porque, a pesar de que la habían visto perder casi la vida en el parto, no creían en la memoria del cuerpo y eran incapaces de analizar los hechos a la luz de los acontecimientos pasados.
La hija escondida ya tenía edad de ser abuela cuando su madre murió. Había construido su vida en la ausencia del país natal y vivía en la vergüenza de ser quien era. Partida de sus sensaciones, sentía siempre que no estaba donde estaba, pero había acabado por descreer de sus percepciones. Aunque decía creer en la memoria del cuerpo, había terminado por darles razón a todos los otros.
Solo entonces, cuando de los firmantes del pacto aquel ya no iba quedando nadie, el padre se decidió a contarle la verdad. Sin detalles. En los términos austeros de los datos potencialmente probados de la experiencia científica.
La vida de la hija se vio sacudida como un árbol de raíces poco profundas por un viento huracanado. Todas las decisiones que había creído tomar a lo largo de los años se derivaban de aquella primera que habían tomado sus mayores por ella. ¿Cómo habría sido su historia de haber sabido desde el principio, o al menos unos años después, la verdadera fecha de su nacimiento? ¿Cómo habría sido arraigarse enteramente a la vida desde el primer día?

14.
La hija ya no quiere esconderse. Ya no es hija en sentido estricto tampoco. Es huérfana, un sentimiento que no le resulta nuevo en realidad. Hilvana conjeturas acerca de los pensamientos más oscuros de la madre e intenta entenderla. No lo logra. O quizá sí.
Con hilos de ternura procura tejer un manto donde acunar a esa joven que fue su madre, atada ella misma por gruesos cordones a la suya, tan fuertes que no podía, nunca pudo, liberarse de ellos. Madre prisionera que la empujó, sin embargo, a salir del nido asfixiante en que había nacido. Desgarrador corte, dolor agudo y persistente para el que ninguna de las dos estaba lista. Un sufrimiento largo como todos esos años de exilio en un país remoto y la construcción de una vida que se le hacía ajena.
La hija ya no quiere esconderse. Pero no sabe, nunca ha aprendido, cómo es mostrarse abiertamente. Hija de las sombras, del indiferenciado fondo del deseo que clava como un aguijón la carne joven, busca a tientas un hueco para salir a la luz.

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