De lo que le ocurrió al ver el final…

Madre e hijo (Pablo Picasso)

Llevaba tiempo viviendo en la ciudad y conocía de memoria el camino de su trabajo a su casa, de su casa a su trabajo. Los fines de semana sabía cómo ir a la piscina del barrio. La vida, ¿qué podía ser la vida para alguien consciente que empieza a perder la memoria?. Alguien que empieza a perder el olor y sabor de los recuerdos, y que no le queda otra que disimilar sus despistes.

En lo más profundo de su ser deseaba volver a nacer, volver a la misma esencia que un pasado-pasado le hizo feliz. Morir para nacer y llegar sin volver a recordarse, se decía. Recordaba fechas como la Navidad, La Pascua de Resurrección. Olvidó otras como los cumpleaños, los solsticios, de verano, de invierno, los santos de sus hijos. ¿Quién soy? ¿Quiénes son ellos y todo lo que me rodea?, ¿Qué significado y sentido tienen los objetos bien colocados en los armarios y todos esos adornos?

Tomar conciencia del Otro. Quería tomar conciencia del Otro, más que de sí misma. Quería amar a los que parecían que le amaban.

Fueron todas esas preguntas y anhelos los que se agolparon en su mente un día como hoy hace 10 años, un 22 de abril.

Porque parecía que por momentos todas esas preguntas, sensaciones, alteraciones del ánimo, punzadas estomacales, se embarullaban a su alrededor, de la misma forma que años atrás se les había embarullado en la mente a su padre; afortunadamente para ella, las percibió sutilmente en sus miradas y diálogos entrecortados, sin sentido, que intentaba hilvanar por las noches viendo algún programa de televisión mientras ella cosía y recosía las rodilleras de los pantalones de sus hijos.

Quizás fuera por ello que vino a su mente aquel “ ¿Y si yo me reinventara, y con ello estuviera haciendo honor a la memoria de su padre?”
Se preguntaba todo esto Sofía un domingo 22 de abril muy primaveral.

Salió a comprar el pan y volvió en 20 minutos. Por el camino pensaba que quizás ya la panadería sería un gran supermercado, y que su pequeño apartamento, tal vez había vuelto a ser aquel bonito chalé, y sus hijos habían vuelto a ser adolescentes. Adolescentes que le recriminarían a su vuelta del supermercado haberse entretenido hablando con las vecinas, con el hambre que ellos tenían los domingos después del hockey, y con lo pesado que se ponía el abuelo si ella tardaba más de 15 minutos en volver.

Explotó a llorar. La panadera no supo qué decirle. Se quedó mirándola y simplemente le preguntó:
-”¿Una barra de pan de cuarto bien cocida como siempre, señora Sofía?”
-”No, Encarna, hoy dos de medio, tengo a mis hijos y mi padre en casa esperándome desde hace 20 minutos. Deben estar ya hambrientos. Como mañana es festivo, he bajado a comprar hoy el pan”- y luego añadió -”Qué bien que abran ustedes los domingos, con lo que rico que sabe el pan recién hecho los domingos”.

-”Pues no se preocupe, ni se altere, ni llore, mujer, no se tome las cosas tan a pecho, que a veces los hombres nos exigen y nos exigen, y una necesita pensar también en una”.
-“Doña Encarna, usted siempre ha sido una buena persona, se lo he dicho ya muchas veces”

Volvió a su casa con las dos barras de medio calientes, las cortó en tres partes cada una, y guardó en el congelador cinco partes. Sacó el arroz congelado del domingo pasado y se lo comió con el sexto trozo de barra de medio caliente.

Comió mirando a lo lejos por la ventana el parque nuevo que estaban rehaciendo y todos los andamios de la construcción de las obras. Comía reflejando qué era volver a nacer, reinventarse, y si era volver al pasado, imaginar el futuro, o un espacio entre ambos.

Tenía ya 60 años y su trabajo aún le gustaba. Su actual compañero de vida le había llegado como agua de mayo, y cada una de sus llamadas, mensajes o citas con él, le devolvían las ganas de vivir.

Los éxitos y el entusiasmo de sus hijos, le llenaba de satisfacción y cuando visitaba a su padre en el cementerio cada 1 de noviembre, se entregaba a su recuerdo en forma de largos soliloquios. Soliloquios o monólogos. No sabría hasta años más tarde cómo denominar aquellas conversaciones que mantenía con su padre en solitario sin sentirse sola.

Los recordaría tiempo después cuando, a sus sesenta y cinco años, y tras el transcurrir de los años, sus hijos la visitarían en una modesta pero muy confortable residencia para ancianos de Alzheimer.

Y fue en una de esas visitas, un día de lucidez milagrosa, cuando les confesó que fue precisamente aquel domingo 22 de abril, volviendo de la panadería a casa, empezó a notar las primeras señales de la enfermedad. Y que ese mismo 22 de abril fue cuando decidió escribir para ellos la historia de su padre, la historia de su abuelo.

Nació en 1912 en un pequeño pueblo del sur de España, en le seno de una familia pobre y dotado de una gran voz que lucía de bar en bar y sin que sus progenitores apenas se preocuparan si iba o no a la escuela. Un día un teniente coronel del ejército le oyó cantar en un bar, lo llamó aparte y le dijo:

-Niño, tú eres alto, buen mozo, se te ve inteligente y espabilado, y sabes ganarte la confianza y el cariño de la gente- ¿No quieres estudiar para ser guardia civil? Yo te preparo y dentro de un año te examinas en la ciudad.
Mi padre aceptó y aquel teniente coronel, por las tardes y ratos muertos en el bar, le ayudaba a aprenderse los artículos de la legislación y las lecciones de la prueba.

Llegó el día. Distaban 100 kilómetros hasta la ciudad donde se hacía la prueba eliminatoria. Pasó toda la noche caminando y cuando llego a las 9 de la mañana al cuartel, pudieron comprobar cuando le estaban pesando y midiendo que los papeles de periódico que se había pegado debajo del zapatos habían desaparecido, y que parte de la suela de los zapatos, también.

Pasó el examen y fue guardia civil en el bando republicano durante la guerra civil española del 36 al 39. Perdió la guerra y empezó a trabajar en la cárcel de mujeres de Madrid. En el 1942 decidió “colgar el traje”, salir de la cárcel vestido de civil y renunciar al cuerpo. Y eso en plena dictadura franquista significaba traición a la patria y motivo de fusilamiento.

Unas horas después de salir por la puerta de la prisión, y sin recordar nada, se despertó en un hospital. Al parecer tras ser arrestado en la calle después de abandonar su puesto, sufrió un ataque nervioso y se quedó inconsciente.

Entre los pasillos del hospital, un par de meses más tarde, escuchó la voz de un anciano que gritando desconsoladamente llamaba a su mujer para que le llevara al baño a hacer sus necesidades.

Entró en la habitación de aquel señor, y le alzó en brazos y lo llevó al baño.

Aquel hombre estaba inválido, le faltaba una pierna que había perdido en la guerra, en la que había lucha en el bando nacionalista. Se interesó por la historia de un joven que aparentemente no parecía ni loco ni enfermo, y tras un hora conversando con él, le ofreció un papel con valor de salvoconducto en caso de que lo necesitara una vez le dieran el alta y saliera del hospital.

Al cabo de pocos meses, en Madrid, con su mujer y su niño de dos años, contaban que vinieron a buscarlo a casa para llevárselo. Gracias a aquel salvoconducto que entregó a los agentes, se libró de la muerte.

Decidió dejar Madrid, volvió a su pueblo natal del sur, abrió un bar y nací yo, mis tres hermanas y dos hermanos más. Todos me decían que yo había heredado su gracia para cantar. Sobrevivimos cuatro hermanos. Un hermano y una hermana murieron de, como se decía entonces, pena, pobreza y penuria.

Bajo un régimen político que hasta el tener hambre estaba prohibido y restrigido, castigado y reprimido, él y su vuestra abuela tuvieron seis hijos en una precaria casa que llegó a incendiarse hasta dos veces.

Por las noches, como por entonces no había televisión, nos contaba la historia de un tal Don Quijote de la Mancha, ingenioso hidalgo enamorado de Dulcinea y amigo fiel de Sancho Panza.

Cuando mis hermanos y yo decidimos abandonar el pueblo para prosperar y estudiar en la universidad empezó nuestra verdadera vida, aquella que no quisimos olvidar.

Fuimos a la universidad, empezamos a trabajar, nos casamos y algunos julios o agostos de verano bajábamos al pueblo a visitar a los abuelos con vosotros, aún niños, con vergüenza y sin querer recordar ni relataros mi horrenda infancia y adolescencia.

Vuestro abuelo murió no muy viejo, pero sí muy cansado y triste, y sin haber querido nunca hablarnos mucho de su guerra, ni de los años que la prosiguieron.

No fue hasta la llegada de aquel 1 de noviembre que me apeteciera visitar su tumba, que empezara a preguntarme por sus anhelos y deseos, por sus ideales y frustraciones, por sus sueños y aventuras vividas, por sus amores y desamores, como si de otro ficticio don Quijote se tratara.

Murió de lo misma enfermedad de la que yo moriré yo algún día.

Aquel domingo de pan caliente, aquel domingo que empezó a perder la memoria, Sofía decidió escribir a sus hijos sobre la memoria de su padre.

Y cuando Sofía murió, en su país todavía no existía la llamada política de memoria histórica, y en su pais no se era tampoco consciente del esfuerzo y el valor, en todos los sentidos de la palabra valor, de esos hombres y mujeres que sobrevivieron y prosperaron en una situación de hostigamiento insoportable.

Consiguieron prosperar y sacar adelante a sus hijos, consiguieron educarlos en su propia fe, sin renegar de sus ideas ni de lo que eran. Esos hombres y mujeres que acabaron teniendo hijos abogados y nietos médicos.

Poco tiempo después Sofía decidio también escribir para sus hijos la historia de su madre, la historia de su abuela: una mujer valiente y fuerte pero serena y muy cariñosa, comadrona natural, con un gran talento, que sin haber realizado estudios de enfermería, auxiliaba a quien lo necesitara y ayudaba a dar a luz a sus vecinas en todos los partos que la llamaban. Pero esa historia, ya es otra historia…

Sofía, moriría de forma plácida un 23 de abril.

* * *

(English translation by Katarína Varsíková)

What happened when Sophia saw the end coming

She has been living in the town for a long time and she knows her work-home and home-work route by heart. She finds her way to the local swimming pool on weekends. Life. Life for somebody who is aware of losing the memory? Somebody starting to lose the smell and the taste of memories and who is forced to hide the weakness.

Deep down she longs to be reborn, to come back to the same essence of the past that used to make her happy. To die and to be reborn, to come and not to remember who she was, she told herself. She still remembers dates like Christmas, Easter. She forgets dates like birthdays, winter and summer solstice, the saint name days of her children. Who am I? Who are they? And the things around me? What meanings do the objects in the drawers have?

To be aware of the Other. She wants to be aware of the Other, more than of herself. She wants to love those who seem to love her.

All these questions are crammed in her head that day of 22 April ten years ago.

Why did it feel in certain moments that all these questions, sensations, mood modes, gut feelings tormented her mind in the same way they did many years ago the mind of her father; fortunately, she noticed them subtly in his eyes and his sentences cut off in the middle, without meaning, with her trying to make sense of them, like she did with the conversations of the tv programs she followed while sewing or darning the knee holes of her sons´ trousers.

Perhaps that is why it occurred to her: And if she reinvented herself? It would be the way to honour the memory of her father. These are the questions Sophia asked herself on the day of 22 April, a very spring-like day.

She went out to buy bread and came back 20 minutes later. On the way there she was thinking: Perhaps the bakery would be the big supermarket, perhaps her little flat transformed itself to a beautiful cottage and her sons became adolescents again. Teenagers who scolded her for taking too much time and for talking to the neighbours, because they were very hungry after their hockey training, on top of it, the grandpa scolded her, too, if she was delayed by fifteen minutes.

She bursts into tears. The baker does not know what to tell her. She observes her and then asks simply:

“A piece of a small well baked baguette as usual, seňora Sophia?”

“No, Encarnation, two big ones today, I have got my children and my father at home, they have been waiting for me for twenty minutes now. They must be terribly hungry. As tomorrow is a bank holiday, I have come down to get bread today,” and she added, “How good you are open on Sundays, what a delight to have a fresh baked bread on Sundays.”

“Well, do not worry, calm down, do not cry, lady, do not take things too hard, men sometimes just want too much from us and we have to think of ourselves, too.”
“Ms. Encarnation, you have always been a good person, I told you so many times.“

She returned home with two loaves fresh from the oven, cut each of them in three parts and put five pieces into the freezer. She took out frozen rice, a leftover from last Sunday and ate the sixth piece of warm bread with it.

She was looking out of the window while eating, they were redoing a park out there, the construction works in full swing. Eating, she was thinking how it would be to reinvent herself, as if going back to the past, imagining the future or the space between the two.

She is sixty years old, and she still likes her job. Her present-day partner has come to her life like rain in May. Each call, each message and each date with him have brought her joie de vivre.

She enjoys success and the enthusiasm of her children, she feels satisfaction when visiting her father´s grave each first of November, talking to him in soliloquy and monologues. After all those years, she did not know what to think of all those conversations she was having with her father, alone, without feeling lonely.

She would remember them afterwards, when at her age of sixty-five the boys came to visit her in a modest and comfortable Alzheimer people residence.

On certain miracously lucid day she confessed that it was precisely 22 April when, after coming home from the bakery, she started to notice the first signs of the illness. And it was the same 22 April when she decided to write the history of her father, the history of their grandpa.

He was born in 1912 in a little village in the south of Spain into a poor family gifted with a great voice. Such great voice that his parents did not bother if he went to school or not. One day a colonel heard him singing in a bar, took him aside and asked:
“Niňo, you are a tall lad, intelligent and bright, you know how to gain trust and affection of people. Do you not want to study for a civil guard? I will prepare you and a year from now you will pass the exams in the town.

My father accepted, and the colonel helped him to study the law and the lessons for the exams in his free time.

The exam day arrived. It was a hundred kilometres to the town where the exams took place. He walked all night and he arrived at 9 in the morning; when they weighed and measured him they observed pages missing from the newspapers he glued to his shoes, and parts of the shoe soles were gone, too.

He passed the exam and became a civil guard in the republican band during the civil war of 36 to 39. He lost the war and started to work in a prison for women in Madrid. In 1942 he decided to take off the uniform and leave the prison renouncing the service. The dictatorship of Franco considered such an act as a treason and punished it with shooting.

A couple of hours after having left the prison gate, without remembering why, he woke in a hospital. Apparently, they took him from the street after he had left his post and supposedly got a nervous attack.

In the hospital corridor he heard an old man´s voice yelling desperately at his wife to get him to the bathroom because he had needs. He entered the room and took the old guy to the bathroom.

It was a war invalid without one leg that he lost in the war fighting a nationalista band. He was interested in the story of the young lad, clearly not ill, and after one-hour conversation he offered him an official letter of recommendation that would one day save his life.

In several months, when he was already back to Madrid with his wife and a child of two years, they came to get him. Thanks to the veteran’s letter of recommendation he escaped death sentence.

He decided to leave Madrid, he went back to the south to his village and opened a bar there, that´s where I was born, my three sisters and two brothers. People say I have inherited his singing talent. Four siblings have survived. A brother and a sister died, as they used to say, due to misery, malnutrition and mischance.

During the regime when even being hungry was prohibited and punished, they had six children and raised them in a house made from mud and straw that caught fire twice.

In the evenings, as there was no TV, he used to tell us the story of a certain Don Quixote de la Mancha, a naïve guy in love with Dulcinea, with a friend called Sancho Panza.

Then we left the village to gain success, to study at the university, to start our real lives that we won´t wish to forget. We studied at the universities, took up jobs, married and in July and August we went down to the south for a visit, with you, boys, with shame and with the desire to forget the horrendous childhood and teenage years.

He died not so old, but very tired and sad, never wanted to tell us much about the war, about the years of prosecution.

On the Sunday of the warm bread, the Sunday when Sophia started to lose her memory, she decided to write the memories of her father for her sons.

When Sophia died, there was no political will for historical memory in her country, nobody realized how much strength and value the men and women had who pursued their lives in those unbearable hostile conditions.

They prospered, made children, raised them in their faith, so that they did not give up their values and ideas. Their children became lawyers and their grandchildren doctors.

Shortly afterwards Sophia decided to also write the story of her mother, the boys’ grandmother: a strong, calm and gentle woman, a very talented midwife who never studied nursery, but whenever they called her, she went and helped the women bring children to the world. But that is already another story.

Sophia died peacefully on April 23.

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